Entre Cuentos.

Historias de El Sabanero X.

Un Par De Llamadas – Cuento

Deja un comentario

🙂

Alex se despertó con el rumor de los coches en la Avenida Horacio. Apenas había dormido un par de horas, si es que cerrar los ojos y pensar en la misma cosa una y otra vez podría considerarse dormir.

La noche anterior había llevado a Ximena al antro favorito de ambos: una mezcla entre nightclub europeo en decadencia y fiesta temática japonesa. Lo único que quería Alex aquella noche era bailar, divertirse, relajarse, embriagarse hasta que su cerebro se desconectara de todo y de todos. No había sucedido exactamente así.

Todo había sido culpa de la fastidiosa amiga de Ximena, la tal Emilia, nadie la había invitado a sentarse con ellos en su mesa, sin embargo apareció de la nada, había sido muy fácil ignorarla, pero no pudo evitar prestarle atención cuando hablaba de su más reciente viaje.

-Hiciste muy mal, Alex- había dicho aquella estúpida.

Alex había intentado fingir que ignoraba lo que decía, pero la fastidiosa se acerco a él y se lo gritó al oído.

-¡No debiste irte!- le repitió ella al oído.

La mirada de reproche de Ximena liquidó en Alex cualquier intención que tuviera de pasarla bien aquella noche. No ayudó tampoco ver a Valeria y a Mariana, sus ex-novias, bailando animadamente con dos desconocidos. La monogamia no era para él, definitivamente. Ximena para él había dejado de ser un reto interesante para convertirse un bozal. Extrañaba sus tiempos de cazador, echaba de menos la sensación de ir a antro cualquiera y entablar conversaciones con una chava desconocida, el baila sensual cargado de tensión, y la sensación de triunfo al llevarla a su apartamento aquella misma noche.

Su error había sido pensar que sus sentimientos por Ximena, cualesquiera que fueran, anularían su instinto de manwhore. Podia decir que amaba a Ximena, quizás como una amiga, o compañera sexual ocasional … pero cada vez más se convencía que ella no era la persona con quien deseaba pasar el resto de sus días, o al menos no exclusivamente. Contra cualquier pronóstico había pasado seis meses únicamente con ella, todo un record para él.

Pero no podía darse todo el crédito. Su trabajo como Ingeniero Agrónomo en un viñedo en Baja, lejos de cualquier tentación, sin duda era la causa de semejante buen comportamiento. Una semana antes había regresado a la Ciudad de México, tenía una semana libre y pensaba aprovecharla al máximo, incluso le había dicho a Ximena que lo acompañara a Oaxaca , pero ella había afirmado que estaría de turnos aquella semana en el hospital.
No iba a permitir que los turnos de su novia de turno le impidieran sacar de su sistema el aburrimiento mental que le procuraba trabajar en Baja, en medio de la nada y sin más contacto con la civilización que su laptop y su smartphone.

Ximena no le dijo nada cuando le dijo que se iba por dos días al sur del país. Tomó el vuelo sin ningún sentimiento de culpa, se encontró con viejos compañeros de universidad que trabajaban allá, tomó fotografías, se relajó y de vuelta al D.F. creía que todo iba a estar bien, agradeciendo que su novia hubiese sido tan comprensiva. Pero no. No había terminado de llegar a su apartamento cuando ella lo había llamado exigiéndole explicaciones, acusándolo de insensible, de cruel, de despiadado, por haber tenido el sosiego de marcharse así como así. Era todo. La principal razón que lo había impulsado a largarse para siempre de la casa de sus padres, era precisamente la perspectiva de no volver a escuchar los constantes reclamos que se hacían el uno al otro y que podrían parecer asfixiantes.

Ximena había cruzado ese limite y había dejado de hablarle durante dos días, ni llamadas telefónicas, ni emails, nada. Alex no se quedaría quieto viendose los pies en su casa. Salió con algunos amigos a comer y ellos le presentaron a varias amigas, una de ellas le había anotado el número de teléfono. Alex había estado texteandose con la mujer y hasta pensaba en Ximena como en un asunto del pasado, cuando ella lo llamó. Quería verlo.

Tal y como lo sospechaba, estaba en animo de reconciliación. Alex no pudo negarse, ni su cuerpo tampoco. Pero aquella luz al final del túnel de la monogamia que había visto por unos ínfimos momentos se había quedado en su mente y la pataleta en el antro había complicado todo.

Ahora estaba allí, en la terraza de su apartamento, observando el verde de los abetos de la Alejandro Dumas, los transeúntes de la mañana del domingo y uno que otro anciano intentado trotar. Por fin supo lo que tenía que hacer. Tomó su teléfono celular.

-Bueno- contestó la mujer al otro lado del teléfono.

-Sí, hola, hablas con Alex, el cuate de Victor …

-Ah sí, hola ¿que onda?

-No, pos quería invitarte a un trago ahora, después de mediodía, dí que sí, andale…

-Claro que sí, ¿dónde nos vemos?

Haber dicho la verdad le había causado problemas con Ximena, no quería terminar con ella, al menos eso lo tenía claro, pero tampoco quería ser un monje monógamo el resto de su vida. Marcó ahora a otro número.

-¿Bueno?- contestó Ximena.

-Hola bebe- dijo él- te quiero ver.

-¿En serio?- preguntó ella.

-Si, claro, pero tendrá que ser por la noche, mi vieja me acaba de invitar a comer, van a ir unos primos … en fin.

-No te preocupes.

Luego de colgar el teléfono se sintió extrañamente bien. Ahora estaba jugando con sus propias reglas, no con las reglas impuestas por Ximena, ni por nadie más. A su propio modo de ver las cosas, era libre.

Fuente de las Cibeles.

Anuncios

Autor: Carlos Mario Castro

La noche era oscura y lluviosa, iluminada apenas por los relámpagos intermitentes que surcaban a esa hora el cielo inclemente de La Mojana. Sintiendo a cada instante el peso de la oscuridad, El Hombre corría desesperado, sin prestarle atención a la tormenta, salvo por la molestia que suponía avanzar con los zapatos ensopados en medio de la espesa hierba sin desmontar. “Sólo un poco más” pensó. Sólo necesitaba avanzar un poco más, sólo un poco y llegaría por fin a la orilla del caño, donde esperaba deshacerse para siempre de la vergüenza que cargaba en ese momento, arropada entre sus brazos por dos gruesas cobijas que él mismo se había encargado de doblar. El Hombre se detuvo un momento sin darse cuento de la grieta de espanto que se había abierto en el cielo por medio segundo y que cualquier hombre menos piadoso hubiese confundido como una señal de su infortunio. La criatura tenía los ojos cerrados, a pesar del aullido incesante de la lluvia y el rugido esporádico de los truenos. “Lo mejor sería que te murieras” pensó, pero la voz que escuchó en su cabeza era apenas un susurro, casi inaudible, incluso para él. Se aferró a ella con fuerza. Estaba tibia y despedía un olor suave y agradable que no encajaba con la vergüenza que debía representar su sola existencia. Por un momento quiso detenerse, dar la vuelta y cubrir a aquella personita indefensa con su protección de abuelo amoroso, pero al levantar la vista se dio cuenta que era muy tarde. Se encontraba de pie, en el borde del caño. Era hora de tomar una decisión. El Hombre sostuvo la criatura entre sus brazos, calculando el movimiento final que lo condenaría a una eternidad en las llamas del infierno y pensó en la ironía que suponía cometer un crimen monstruoso para que su esposa y sus hijas pudiera asistir a misa, todos los domingos con la frente en alto, sin que la turba ignorante y pretenciosa de aquel pueblo perdido en el centro del olvido, se abalanzara sobre ellas, dispuesta a destruirlas. Entonces miró al cielo, esperando que Dios, en su infinita misericordia, se apiadara de él y lo liberara de aquella tarea ingrata que él mismo se había impuesto, cegado por la ira y la soberbia. Pero en medio de aquella tormenta, sólo encontró el fulgor intenso de un relámpago monstruoso que surcó el cielo en aquel instante. Nunca vio venir el primer golpe. Sólo sintió un hormigueo eléctrico que recorría toda su cabeza y le nublaba la poca visión que hubiese podido tener a aquella hora de la noche. Luego vio el segundo, justo en frente de sus ojos, antes de que la tranca de madera maciza tocara con fuerza su sien izquierda. El hombre cayó de rodillas en medio del lodo y la hierba húmeda y montaraz. Sólo entonces se dio cuenta que ya no llevaba a la criatura en los brazos, porque escuchó como se alejaba el aullido agudo de su llanto, derrotando el rumor de la lluvia. Alcanzó a pedirle perdón a Dios y a suplicarle que no abandonara a su familia, a su esposa y a sus hijas, antes de sentir el tercer golpe que le fracturó el cráneo y lo obligó a arrojarse de bruces contra el barro

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s