Entre Cuentos.

Historias de El Sabanero X.

La Sangre de Ludwig. – Cuento

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castilloHabía una vez, en un lugar no tan lejano, una enorme ciudad conocida como El Dominio Libre de Bakatta. El Dominio no era regido por un rey, un emperador o un príncipe, sino que era gobernado en conjunto por las llamadas “Doce Familias”. Nunca nadie supo a ciencia cierta como un lugar tan corrupto como El Dominio logró dominar todas sus regiones aledañas y mantenerlas bajo su yugo. Siete provincias eran parte de las tierras de Bakkata y cada una de ellas era dominada por un grupo de familias, al mismo estilo de El Dominio, pero con mucho menos influencia.

Cada cierto tiempo los señores de Bakkata y de todas las provincias elegían un canciller que velaba por los aspectos esenciales del funcionamiento del territorio. Tal era la influencia y poderío de El Dominio que era imposible que alguien de las provincias llegara a ser este canciller. Había sucedido tan pocas veces que muy pocos recordaban cuando había sido la última vez, y según se rumoreaba los señores de las doce familias estaban dispuestos a hacer correr la sangre de aquél que se atreviera a disputar su lugar de privilegio.

Muy lejos del frío, la oscuridad y la corrupción de Bakkata, nació y creció Ludwig. Ludwig era el heredero de una de las familias menores, los Kohler, cerca de la llanura costera, al norte de El Dominio. Su futuro había estado asegurado desde que nació, tendría tierras, negocios y posesiones suficientes para vivir él y legárselas a sus hijos. Sin embargo Ludwig tenía algo que los señores de Bakkata veían como un defecto: era ambicioso.

Se fue a vivir al Dominio para prepararse, quería ser alguien importante, no sólo en las llanuras costeras de donde provenía, sino de todas las tierras del Dominio. Quizás algún día podría ser canciller. Su padre aceptó dar el dote suficiente para que llegara a ser pupilo de una de las doce familias: los Andyns.

Ludwig estaba feliz, estaba aprendiendo todo lo que alguna vez soñó, el arte de la política, la economía, los números … todo lo que necesitaba para ser algún día un gran canciller. Hasta que conoció a una de las doncellas Andyn: la princesa Lorraine.

Lorraine era el sueño de cualquier hombre fuera y dentro de El Dominio, bella como el sol, pero para su sorpresa estaba precedida por rumores nefastos, se decía que había sido mancillada por el príncipe Karl, heredero de los Kasimyr, otra de las doce familias de Bakkata. Ludwig hizo caso omiso de todas las advertencias de sus sirvientes y solicitó permiso para cortejar a la princesa Lorraine. El Señor de Andyn aceptó.

La relación de Ludwig, un muchacho de las costas norteñas y Lorraine, una heredera de las doce familias dio mucho que hablar. Tanto que cuando llegó a oídos de Marie Kasimyr y su hijo Karl, casi que fueron los últimos en enterarse.

-Esto no podemos permitirlo, dirán que un norteño de las costas le ha ganado la mujer a un heredero de las doce familias. -dijo la mujer a su hijo luego de quedarse a solas con él.

-Es una humillación a nuestro nombre y nuestra familia – dijo el príncipe de Kasimyr.

-Si Lorraine Andyn se compromete con un norteño de las costas, nuestro prestigio dentro de las doce familias estará en entredicho- dijo la mujer.

Cuando Horaz Andyn escucho que Marie Kasimyr quería verlo, se imaginó el tema de conversación.

-Lorraine pertenece a las doce familias, no se la puedes entregar a ese norteño de las costas, Ludwig Kohler no puede pertenecer a nuestro círculo, más cuando no tienes un hijo varón.

Horaz Andyn vio en la indignación de Marie Kasimyr la oportunidad que esperaba. Mandó a una de las criadas a levantar a Lorraine y llevarla ante él de inmediato. No tardó.

-Karl tomará a Lorraine como esposa y la familia Kasimyr me hará participe de las ganancias de sus negocios, ese es el trato o mañana mismo Ludwig Kohler se casará con Lorraine.

-Me parece bien -dijo Marie- para sorpresa de Horaz- pero mi hijo no va a ser el centro de las burlas, ni de rumores de infidelidad, hay que hacer algo con el chico Kohler.

Lorraine organizó una reunión el día de Halloween, todos llevarían mascaras. Todo estuvo estupendo, Ludwig compartió con muchos de los herederos de las doce familias de Bakkata y de otras familias en las tierras de El Dominio. Cuando bailaba con Lorraine, ella se atrevió a hablar.

-Debes casarte conmigo, lo más pronto posible -dijo ella.

-¿Hay alguién más pretendiendo tu mano?

-Lo habrá pronto, no podemos hablar de eso aquí, espérame cerca de la fuente, luego de la medianoche, detrás del castillo.

Lorraine desapareció junto a su dama de compañía Jezabel. La fiesta siguió y Ludwig esperó hasta la hora indicada. Salió sólo, dio la vuelta al castillo y se posó junto a la fuente a esperar a su amada.

-Es él, el norteño de las costas- escuchó Ludwig una voz detrás de él.

Era Karl Kasimyr.

-¿Eres tú quien pretende a Lorraine?

-Tonto, ya nos hemos casado-dijo él mostrándole su anillo- ahora tu morirás.

Los caballeros que acompañaban a Karl tomaron a Ludwig por los brazos mientras que su señor golpeaba al norteño con la mano del anillo de bodas recién comprado. Lo golpeó muchas veces y cuando la mano terminó sangrando, tomó una piedra con la otra y se la hendió en la sien derecha. No se movió más.

La fiesta no había terminado aún, cuando Lorraine y Jezabel entraron al salón.

-Ha muerto-dijo antes de volver corriendo por sus pasos.

Los invitados la siguieron hasta un caño, muy cerca del bosque del Rey, el lugar donde Lorraine se había retirado a descansar.

-Estaba borracho -dijo Lorraine- no soportó la idea que me casara con Karl y se ha arrojado al caño.

Por más que los muchachos más atrevidos y arriesgados revisaran el caño de arriba a abajo, no encontraron nada. No habrían podido encontrarlo, el cadáver de Ludwig estaba  en la fortaleza Kasimyr, Karl había cometido un error, llevó el cadáver con a la fortaleza Kasimyr y no al caño como estaba previsto. Ahora el lugar estaría lleno de curiosos.

-¡Idiota! – le dijo la Marie a su hijo, el príncipe Karl- ¿Sabes lo que esto nos costará?

Marie ordenó arrojar el cadáver en cualquier parte del caño, donde no hubiese curiosos. No podía arriesgarse a mantener el cadáver en su propia fortaleza

A muchas leguas del lugar donde Lorraine y Jezabel afirmaron que Ludwig había caído, encontraron el cadáver, casi un día después. Nadie creyó la versión de Lorraine, el caño no podría arrastrar un cadáver tantas leguas. Era una mentira. A partir de ese día,aunque tenía el respaldo de la familia de su nuevo esposo, ella también llevaría para siempre sobre su cabeza el peso de la culpa y sobre sus manos la sangre del hombre que alguna vez la amó.

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Autor: Carlos Mario Castro

La noche era oscura y lluviosa, iluminada apenas por los relámpagos intermitentes que surcaban a esa hora el cielo inclemente de La Mojana. Sintiendo a cada instante el peso de la oscuridad, El Hombre corría desesperado, sin prestarle atención a la tormenta, salvo por la molestia que suponía avanzar con los zapatos ensopados en medio de la espesa hierba sin desmontar. “Sólo un poco más” pensó. Sólo necesitaba avanzar un poco más, sólo un poco y llegaría por fin a la orilla del caño, donde esperaba deshacerse para siempre de la vergüenza que cargaba en ese momento, arropada entre sus brazos por dos gruesas cobijas que él mismo se había encargado de doblar. El Hombre se detuvo un momento sin darse cuento de la grieta de espanto que se había abierto en el cielo por medio segundo y que cualquier hombre menos piadoso hubiese confundido como una señal de su infortunio. La criatura tenía los ojos cerrados, a pesar del aullido incesante de la lluvia y el rugido esporádico de los truenos. “Lo mejor sería que te murieras” pensó, pero la voz que escuchó en su cabeza era apenas un susurro, casi inaudible, incluso para él. Se aferró a ella con fuerza. Estaba tibia y despedía un olor suave y agradable que no encajaba con la vergüenza que debía representar su sola existencia. Por un momento quiso detenerse, dar la vuelta y cubrir a aquella personita indefensa con su protección de abuelo amoroso, pero al levantar la vista se dio cuenta que era muy tarde. Se encontraba de pie, en el borde del caño. Era hora de tomar una decisión. El Hombre sostuvo la criatura entre sus brazos, calculando el movimiento final que lo condenaría a una eternidad en las llamas del infierno y pensó en la ironía que suponía cometer un crimen monstruoso para que su esposa y sus hijas pudiera asistir a misa, todos los domingos con la frente en alto, sin que la turba ignorante y pretenciosa de aquel pueblo perdido en el centro del olvido, se abalanzara sobre ellas, dispuesta a destruirlas. Entonces miró al cielo, esperando que Dios, en su infinita misericordia, se apiadara de él y lo liberara de aquella tarea ingrata que él mismo se había impuesto, cegado por la ira y la soberbia. Pero en medio de aquella tormenta, sólo encontró el fulgor intenso de un relámpago monstruoso que surcó el cielo en aquel instante. Nunca vio venir el primer golpe. Sólo sintió un hormigueo eléctrico que recorría toda su cabeza y le nublaba la poca visión que hubiese podido tener a aquella hora de la noche. Luego vio el segundo, justo en frente de sus ojos, antes de que la tranca de madera maciza tocara con fuerza su sien izquierda. El hombre cayó de rodillas en medio del lodo y la hierba húmeda y montaraz. Sólo entonces se dio cuenta que ya no llevaba a la criatura en los brazos, porque escuchó como se alejaba el aullido agudo de su llanto, derrotando el rumor de la lluvia. Alcanzó a pedirle perdón a Dios y a suplicarle que no abandonara a su familia, a su esposa y a sus hijas, antes de sentir el tercer golpe que le fracturó el cráneo y lo obligó a arrojarse de bruces contra el barro

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