Entre Cuentos.

Historias de El Sabanero X.

La Resignación de María – Cuento

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El día que balearon a Juan Campos, todo el mundo despertó con la idea de que algo raro iba a suceder ese día. La señora Blanca, que siempre se levantaba a las 10 de la mañana, luego de pasar la noche en vela, se levantó ese día a las 5 de la mañana, puso a hervir el agua para el café y hasta peló las yucas para el desayuno de su marido. Jorge Piña, el marido, que por lo general se levantaba a las 2 de la mañana para ir a la finca, regresó esa mañana a las 7 y se sorprendió de encontrar el desayuno listo. A la señora Blanca le había alcanzado el tiempo para asear la casa y hasta para pintar con cal la pared del fondo del patio.

Luego de desayunar, Jorge abandonó la casa, aún sorprendido por la extraña actitud de su mujer esa mañana, pero no tanto como para quedarse con ella a rezar el rosario con la vieja camándula de oro puro que le había regalado su mamá para las fiestas de la Virgen, a fines de Mayo y que había pasado de generación en generación desde que la bisabuela de Blanca llegó al puerto de Barranquilla hacía varios lustros.

Jorge subió la colina que daba a la iglesia, las calles destapadas del pueblo llenaban de polvo las terrazas y a veces cuando había viento, se formaban unos remolinos que levantaban el sedimento de las calles y lo introducía dentro de las viviendas a cualquier hora del día. Ese día sin embargo no había viento y al contrario los arboles parecían demasiado quietos para la época, faltaban ya 3 días para la navidad y se podía ver los establecimientos preparándose para vender el aguardiente y la cerveza que tanto le gustaba a los habitantes de aquel pueblo.

A diferencia de los pueblos vecinos, la iglesia no quedaba en la plaza, de hecho la Iglesia estaba sobre la calle principal y la Plaza, que era un espacio abierto mucho más grande quedaba a tres cuadras y estaba llena de negocios, cantinas y hasta consultorios de médicos que abrían desde las seis de la mañana a atender los enfermos del día.
Allá se dirigía Jorge cuando se encontró con su amigo Samuel.

-Qué día tan raro el de hoy- se apresuró a decir Jorge.

-¿Por qué lo dices?- preguntó el muchacho.

-Blanca se levantó temprano. –dijo Jorge apesadumbrado.

Samuel se echó a reír a carcajadas justo una cuadra antes de llegar a la plaza.

-¿Y qué pasa con eso? –dijo cuándo paró de reírse.

-Es por lo de Gracia –dijo Jorge casi murmurando.

Entonces Samuel recordó de golpe lo que había sucedido con la hermana mayor de la señora Blanca. Hacía varios años, antes de que hubiesen traído la carretera desde Sincelejo para Magangué, la familia de la niña Blanca había sufrido una tragedia impresionante: Gracia, la hija mayor, había despertado temprano una mañana, abrió la puerta de atrás y salió completamente desnuda a la calle. El escándalo fue enorme. La madre de Blanca lo único que pudo hacer fue mandar a la hija con un pariente cercano que tenía en Barranquilla, pero Gracia se sumergió en una depresión profunda, cuyas razones nadie conoció y que ella se llevó a la tumba dos semanas después cuando se tomó una botella completa de gas y se echó un fosforo encendido en la boca.
Jorge se había casado con Blanca pese a todas las advertencias, incluso del doctor Fabricio, que decían que la locura es cosa de familia, y que posiblemente Blanca la había heredado también, pero el amor que le tenía Jorge era tan grande que nada de eso le importó y la sacó de su casa luego que cumplió los quince años. No habían tenido hijos, y Jorge de alguna manera se sentía aliviado, a diferencia de los lugareños no sentía ningún afán por criar muchachitos, más cuando ya desde esa época daban muestras de mala crianza y grosería apenas mudaban los dientes.

“Eso no es para mí” se le escuchaba decir con frecuencia cuando se le hablaba del tema. Blanca por otro lado vivía rogándole a Dios que la bendijera con el milagro de un hijo luego de 20 años de matrimonio, pero todas sus súplicas y todos los rosarios y todas las misas, no sirvieron de nada.

Samuel, ahora mucho más serio, no creyó la versión de que Gracia era loca de nacimiento, de hecho siempre creyó, como muchos en aquel pueblo que había salido a la calle por culpa de un amante secreto que servía en el ejército y que un día en un enfrentamiento con un asesino local, había terminado muerto, lamido por los perros en plena plaza pública.

El argumento de Samuel tranquilizó un poco a Jorge, justo cuando llegaron al consultorio de Fabricio y como cosa rara, no había pacientes aquella mañana. Pasaron directamente al cuartito donde Fabricio atendía a sus pacientes. Era un hombre maduro ya, se le notaba en las canas y en el esfuerzo que hacía por levantarse de la silla, pero tenía un dominio y una confianza que lo hacían ver mucho más vigoroso y fuerte de lo que era.

Jorge le mostró la pierna donde lo había pateado un burro la semana pasada, Fabricio comprobó que estaba sanando bien, que ya no había hinchazón y que debía seguir aplicándose la pomada que le recetó. Entonces salió a colación el tema de Blanca.
Fabricio estuvo de acuerdo con el argumento de Samuel. Años de experiencia en el negocio de la medicina, le habían enseñado que el amor era un sentimiento poderoso que curaba o enfermaba no solo las mentes de los que lo sufrían sino también los cuerpos de maneras que la ciencia aún no terminaba de entender y mucho menos de explicar.

Los tres amigos hablaron un rato en el consultorio, cuando Samuel vio el viejo reloj de pared del doctor Fabricio. Ya eran las once. Samuel trabajaba en un billar a una cuadra de la plaza y abría a medio día hasta bien avanzada la media noche. Si bien nunca jugaba billar entendía muy bien el juego y tenía cuidado de separar las peleas que fácilmente se producían en el lugar por cuenta de las malas jugadas y de los ánimos subidos por la cerveza.

De camino al billar Samuel se encontró con Joaco, un amigo que vivía en un caserío cercano. Se dirigía al consultorio del doctor Fabricio. Tenía una cortada en el antebrazo y un golpe profundo en el ojo izquierdo. Alarmado Samuel se apresuró a preguntar que le había pasado.

-Fue el malparido de Juan Campos –dijo Joaco.

Juan Campos era un reconocido criminal local, se decía y se sabía además que robaba ganado, violaba mujeres y hasta asesinaba a sueldo. En más de una ocasión le disparó a gente inocente a quemarropa solo por darse el gusto o porque sencillamente no le caían bien. Lo peor era que se sentía con derecho de entrar a cualquier lugar, a cualquier hora y a exigir lo que le daba la gana. Juan Campos hacía lo que le daba la gana en el pueblo, hasta que el comandante de la policía recién llegado de los lados de Cali, lo había capturado tratando de someter por la fuerza a la hija de uno de sus oficiales y lo había metido en la mazmorra, no sin antes haberle dado una zurra entre él y todos los que trabajaban en la estación en aquella época.

Luego de eso, Juan se refugió en San Mateo, el caserío donde siempre vivió Juaco. Al principio, luego de la paliza que le habían propinado los policías, estaba muy calmado, se dedicaba a ordeñar, a cortar la leña y hasta ayudaba con el trabajo de levantar casas a los locales. Pero la dicha no duró mucho tiempo. Apenas consiguió un arma hechiza de manos de un jefe de un resguardo cercano, empezó a hacer de las suyas.

Levantaba a todos en San Mateo a las 3 de la mañana a marchar, ponía a los hombres que se disfrazaran de sus mujeres y a las mujeres que se disfrazaran de sus maridos y una vez hasta mandó a tapizar la única calle del caserío con flores que se conseguían monte adentro. Joaco, que no era un hombre que se atemorizara fácilmente, no creyó en las amenazas de Juan Campos y se le enfrentó, cuando fue a su casa, exigiendo que le mataran un conejo para el almuerzo. Cuando Joaco se negó, Campos lo sacó a patadas a la calle amenazándolo con el arma, lo amarró con una cuerda de guidar hamacas y lo lanzó al arroyuelo que pasaba cerca.

Joaco, se pudo soltar y no pudo hacer más que hablar con Manuel Guerra, el viejo hacendado para el que había trabajado desde niño, pedirle la dispensa y llevar a su mujer y a sus dos hijos de nuevo al pueblo, al menos mientras se le sanaban las heridas. Así estaban las cosas cuando Samuel se lo encontró de camino al billar. Apenas daba crédito a lo que escuchaba. Samuel conocía a Juan Campos y sabía que era capaz de matar, pero obviamente mandar a tapizar a San Mateo con flores, era una muestra de que ya no estaba en sus cabales y que así era mucho más peligroso.

Samuel y Joaco llegaron al billar, que tenía cuatro mesas y al fondo el barcito y el enfriador donde él se ubicaba todos los días de 12 de la mañana a 12 de la noche. Ya el viejo Mane había abierto y se disponían a limpiar las bolas y los tacos, pero Samuel lo remplazó. Joaco que lo acompañó mientras terminaba le dijo que iba a ir al consultorio antes de que el doctor Fabricio cerrara. Samuel le comentó al viejo Mane lo que sucedió en San Mateo.

-Ese Juan Campo merece una bala en la frente- fue lo único que pudo decir el anciano, dueño del lugar.

La tarde pasó sin pena ni gloria, fueron pocos clientes y se vendieron pocas cervezas, sin embargo a eso de las seis de la tarde cuando María, la mujer de Samuel, ya le había llevado la cena al billar, apareció un cliente más indeseado que inesperado. Era Juan Campos.

Samuel no pudo evitar mirarlo con dureza al recordar lo que le había dicho Joaco. Fue tal la intensidad de su mirada que Juan Campos se dio cuenta.

-¿Y tú que me miras o qué? –gritó con grosería.

Samuel fue prudente y siguió limpiando las cervezas que estaba metiendo en el enfriador, pero a Juan Campos parecía molestarle más que lo hubiese ignorado.

-Lo que pasa es que este pueblo se está llenando de maricas. – gritó de nuevo, mirando fijamente a Samuel.

El viejo Mane trato de calmar a Juan Campos, pero este se enojó todavía más.

-Usted cállese, viejo marica. – se oyó en toda la cuadra.

María, la mujer de Samuel, que vivía a media cuadra del billar, escuchó los gritos y reconoció la voz del asesino, buscó en el baúl de la ropa de los niños la frazada donde Samuel escondía el arma que le había regalado su hermano, la envolvió de nuevo allí y se dirigió al billar.

Cuando llegó la situación estaba peor. Varios hombres estaban recogiendo al viejo Mane que estaba en el piso con la boca sangrante, mientras que Samuel estaba armado con uno de los tacos del billar a la vez que Juan Campos le apuntaba.

-Atrévete, gran pendejo, atrévete – era lo que decía Samuel.

María, que tenía tres meses de embarazo, no se asustó y simplemente colocó la frazada en la mesa de billar sin que Juan Campos la notara, pero sabiendo que Samuel había notado que ella la ubicaba ahí, para sorpresa de todos María salió del billar, precisamente cuando todos los curiosos estaban entrando y preguntándose por qué María ni siquiera había tratado de impedir la pelea.

-Ahora sí, gran malparido, vamos a ver de a como nos toca – fue lo único que dijo Samuel.

Juan Campos disparó dos veces mientras Samuel se agacho y se fue debajo de las mesas de billar donde alcanzó a agarrar la frazada, pensó por un segundo que María sabía dónde estaba el arma, pero no la munición, que el escondía en una cajita en el techo de palma de la cocina, pero igual podía asustarlo con solo ver el arma, soltó la frazada y entonces el arma apareció. La tomó firmemente con la mano izquierda y entonces se dio cuenta que Juan Campos lo tenía en la mira con el arma apuntando hacía el. Samuel se dio cuenta que era el fin, su arma no estaba cargada, era demasiado tarde para tratar de asustar a Juan Campos, así que cerró los ojos y solo instintivamente presionó el gatillo del arma.

Sonó un disparo. María vio desde la sala de su casa donde sus hijos, estaban terminando de cenar, con los platos en la mano, como pasaban todos en el barrio, camino al billar a ver qué era lo que sucedía. Entonces sintió un retorcijón en el vientre, sabía que no era bueno lo que estaba pasando.

Jorge y el doctor Fabricio que estaban en la plaza hablando a esa hora escucharon la detonación y también se dirigieron al billar del viejo Mane. Jorge entró primero mientras que a Fabricio la multitud no lo dejaba pasar. Entonces Jorge vio al muerto. Era Juan Campos.

Estaba tirado en el piso con la camisa medio abierta, como el la usaba, tenía todavía el arma en la mano y solo tenía el ojo izquierdo abierto, la bala había entrado por el ojo derecho y había salido por atrás. Ya los niños curiosos habían encontrado la bala y estaban tratando de sacarla de la viga. Samuel estaba aún sosteniendo el arma, pero Jorge se apresuró a sacarlo de su sorpresa.

-Debes irte, ahora- le dijo lo más calmado que pudo.

Samuel reaccionó y salió justo cuando Fabricio entraba al billar. El médico confirmó que Juan Campos estaba muerto. Samuel llegó donde María, le dio un beso en la mejilla y le preguntó cómo había cargado el arma.

-Yo sé todo sobre esta casa, paso todo el día aquí, no como tú, que pasas en la calle – fue lo único que pudo decir.

-Maté a Juan Campos, me tengo que ir, si viene la policía le dices que no estoy aquí. –dijo Samuel.

Salió por la puerta del frente, sabiendo que los policías podían venir por la calle de atrás. María quedo sola, con los niños comiendo y con un dolor que le carcomía el vientre y apenas vio entre las lágrimas, la sangre empezaba a escurrirle por los muslos. Ahora solo debía resignarse. No era tan fuerte después de todo.

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Autor: Carlos Mario Castro

La noche era oscura y lluviosa, iluminada apenas por los relámpagos intermitentes que surcaban a esa hora el cielo inclemente de La Mojana. Sintiendo a cada instante el peso de la oscuridad, El Hombre corría desesperado, sin prestarle atención a la tormenta, salvo por la molestia que suponía avanzar con los zapatos ensopados en medio de la espesa hierba sin desmontar. “Sólo un poco más” pensó. Sólo necesitaba avanzar un poco más, sólo un poco y llegaría por fin a la orilla del caño, donde esperaba deshacerse para siempre de la vergüenza que cargaba en ese momento, arropada entre sus brazos por dos gruesas cobijas que él mismo se había encargado de doblar. El Hombre se detuvo un momento sin darse cuento de la grieta de espanto que se había abierto en el cielo por medio segundo y que cualquier hombre menos piadoso hubiese confundido como una señal de su infortunio. La criatura tenía los ojos cerrados, a pesar del aullido incesante de la lluvia y el rugido esporádico de los truenos. “Lo mejor sería que te murieras” pensó, pero la voz que escuchó en su cabeza era apenas un susurro, casi inaudible, incluso para él. Se aferró a ella con fuerza. Estaba tibia y despedía un olor suave y agradable que no encajaba con la vergüenza que debía representar su sola existencia. Por un momento quiso detenerse, dar la vuelta y cubrir a aquella personita indefensa con su protección de abuelo amoroso, pero al levantar la vista se dio cuenta que era muy tarde. Se encontraba de pie, en el borde del caño. Era hora de tomar una decisión. El Hombre sostuvo la criatura entre sus brazos, calculando el movimiento final que lo condenaría a una eternidad en las llamas del infierno y pensó en la ironía que suponía cometer un crimen monstruoso para que su esposa y sus hijas pudiera asistir a misa, todos los domingos con la frente en alto, sin que la turba ignorante y pretenciosa de aquel pueblo perdido en el centro del olvido, se abalanzara sobre ellas, dispuesta a destruirlas. Entonces miró al cielo, esperando que Dios, en su infinita misericordia, se apiadara de él y lo liberara de aquella tarea ingrata que él mismo se había impuesto, cegado por la ira y la soberbia. Pero en medio de aquella tormenta, sólo encontró el fulgor intenso de un relámpago monstruoso que surcó el cielo en aquel instante. Nunca vio venir el primer golpe. Sólo sintió un hormigueo eléctrico que recorría toda su cabeza y le nublaba la poca visión que hubiese podido tener a aquella hora de la noche. Luego vio el segundo, justo en frente de sus ojos, antes de que la tranca de madera maciza tocara con fuerza su sien izquierda. El hombre cayó de rodillas en medio del lodo y la hierba húmeda y montaraz. Sólo entonces se dio cuenta que ya no llevaba a la criatura en los brazos, porque escuchó como se alejaba el aullido agudo de su llanto, derrotando el rumor de la lluvia. Alcanzó a pedirle perdón a Dios y a suplicarle que no abandonara a su familia, a su esposa y a sus hijas, antes de sentir el tercer golpe que le fracturó el cráneo y lo obligó a arrojarse de bruces contra el barro

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