Entre Cuentos.

Historias de El Sabanero X.

El Diploma – Cuento

2 comentarios

Mirando a través de las improvisadas cortinas, hechas con las sobras de un viejo mantel que tenía la niña Ada en uno de los antiguos baúles que proliferaban en aquella extraña casa, Leonel se dio cuenta que su día había empezado.

Tenía ya casi dos años como inquilino favorito de la casa de la niña Ada, quien era muy querida en el pueblo por haberse echado encima la carga de atender ella misma y casi sin ninguna ayuda a los contagiados de una extraña enfermedad traída por  los sarnosos animales de un circo que nadie supo a ciencia cierta de donde vino y que por las urgencias de la peste que trajo, nadie tampoco supo cuándo ni por donde se fue.

La niña Ada nunca tuvo la necesidad de tener inquilinos en su casa, su esposo le había dejado además de tierras y ganado, suficiente dinero en sus cuentas como para vivir cómodamente, casi que exclusivamente de los intereses. Nunca se manejó muy bien con las labores del campo, de hecho detestaba el olor de la tierra, de la mierda de vaca y del fertilizante que su marido, el difunto Isaac Gallón, traía impregnado en la ropa todos los Domingos y que para colmo de males, ella tenía que lavar a mano, porque en aquella desgraciada época todavía no se habían inventado las lavadoras, y si se las habían inventado, Isaac Gallón no hubiese permitido que se comprara una en la casa, solo para patrocinar la pereza de su mujer.Por eso a la primera oportunidad que tuvo, la niña Ada se desentendió de aquellas propiedades que solo le traían malos recuerdos. Las alquilaba a contratos de dos o tres años, siempre asesorada de Leonel que era el mejor amigo de su hijo desde la Universidad y a quien ella misma trajo desde Barranquilla para que trabajara en la Alcaldía. Los primeros años Leonel venía una o dos veces al mes por un par de días siempre recibido en la hospitalidad de la casa de la niña Ada, pero a medida que su talento se imponía y era evidente que las cosas funcionaban mucho mejor cuando él estaba al frente, el último alcalde decidió darle un empleo fijo, donde prácticamente era él quien manejaba los destino de aquel “pueblo de maricas” como a veces le escuchaba decir cuando hablaba por el teléfono celular.

-No muerdas la mano de quien te da de comer- le repetía la niña Ada cuando lo escuchaba.

Habiendo nacido y crecido en ese lugar, la niña Ada sabía perfectamente la índole perversa de los lugareños, su nivel de intolerancia y sus malos corazones, por eso nunca recibía inquilinos del mismo pueblo y por eso mismo, no había traído nuevos inquilinos a su casa hacía ya cuatro meses.

Leonel se sentía solo y aburrido, incluso con la enorme cantidad de trabajo que tenía de día, tratando de embotar su mente en el mar sin límites de la Internet y sobre todo repasando día tras día las fotografías de sus días en la Universidad o en Barranquilla, cuando trabajó en una fundación donde ayudaba a personas de escasos recursos o sencillamente las fotos del último fin de semana cuando fue a Sincelejo o a Coveñas. Luego de hacer todo eso casi que religiosamente día tras día y noche tras noche, Leonel se encontraba a las 2 de la mañana pensando en la forma más rápida de salir de aquel moridero que no le permitía ser quien él era.

Era todo. Aceptó el trabajo para el que lo recomendó el alcalde anterior, porque luego de haber trabajado a destajo por casi cinco años y habiendo adquirido responsabilidades económicas serias cuando trabajó en la fundación creada por el mismo, tratando de salvar el mundo, no le quedaba de otra que sucumbir a la tentación de ganar todo el dinero que significaba ser la ficha clave del alcalde, el que manejaba los hilos de aquel pueblo lleno de rumores y secretos a voces.

Para la niña Ada no era ningún secreto la verdadera razón de las aflicciones de Leonel, las sabía desde que Isaac Gallón había descubierto a su hijo a la edad de cuatro años jugando con las muñecas de una prima que las había dejado olvidadas por error en el cuarto del niño. No fue el único episodio que confirmó los temores de Ada. Luego del incidente con las muñecas, Mauricio Gallón, el único hijo que tuvo Isaac, al menos con la niña Ada, se volvió sumamente sagaz y nunca permitió que su padre lo sorprendiera andando en “malos pasos” como solía decir, pero se relajaba mucho más cuando estaba bajo la tutela de la niña Ada, hasta el punto que más de una vez ella lo sorprendió tocándose con uno de sus compañeros de clase en el cuarto. Pero Ada jamás previno a su hijo o le dio motivos para que él le ocultara sus verdaderas preferencias, incluso cuando era demasiado evidente lo que hacía Mauricio en su cuarto, donde los quejidos de placer eran tan sonoros que hasta en las casas vecinas se lograba escuchar. No bien se graduó Mauricio del colegio, cuando Ada lo alejó definitivamente del peligro de su padre, enviándolo a Barranquilla y prohibiéndole terminantemente que se apareciera en el pueblo, sin su autorización. Fue la primera vez que Ada le exigió algo a su hijo y él supo de inmediato que ella hablaba en serio, cuando le puso las cartas sobre la mesa y lo dejo en libertad de vivir su vida lejos de aquel pueblo miserable, con la condición de nunca jamás volviera a poner un pie allí.

Mauricio cumplió. Nunca regresó al pueblo. Ni siquiera cuando su padre murió y la misma Ada se encargó de enterrar lo más pronto posible y dentro de la más estricta privacidad al marido que tanta mala vida le dio, todo con el fin de que a nadie se le ocurriera preguntar por qué Mauricio Gallón no había ido a enterrar a su padre.
Fue en aquella época, luego de enviudar cuando la niña Ada empezó a tener inquilinos en su casa; muerto el marido y desterrado el hijo para siempre de aquel lugar, los días de soledad en aquella casa eran interminables y decidió que si bien sus decisiones la habían condenado a estar sola, también podía darle la vuelta a la hoja.

El primer inquilino fue Mario. Mario trabajaba como profesor en una vereda cercana y parecía que hasta le agradaba el pueblo y vivir en casa de la niña Ada, hasta que un día luego de tres años, Mario llegó dando brincos de felicidad porque lo habían trasladado a Sincelejo, le dio un beso formal a Ada, empacó sus cosas y nunca se supo más de él.

Luego vino Oscar David, el muchacho inquieto de cabello lacio, que le dio más dolores de cabeza a Ada que su propio hijo, por primera vez la señora tuvo que espantarle las amantes a un hombre en aquella casa, recibir visitas de mujeres anónimas y presenciar peleas de gatas en frente de su propia casa. Mucho peor cuando Oscar David perdió el interés en las muchachitas solteras y empezó a interesarse en las casadas, entonces las cosas se pusieron peor, cuando los maridos celosos se aparecían en la puerta de la casa gritando a voz viva que iban a matar al muchacho. Ada siempre supo cómo manejar la situación, y protegió a Oscar David hasta el día en que uno de los tantos maridos que iba a reclamarle, soltó un disparo que impactó el viejo televisor de madera que Isaac Gallón le regaló para que ella pudiera ver las telenovelas venezolanas que tanto le gustaban.

Al día siguiente Ada llevó a Oscar David ella misma a Barranquilla y habló con la madre del muchacho, que de Ingeniero explorador de pozos de gas, pasó a niño regañado, y peor, no por una, sino por dos mamás por portarse mal.

Una vez finalizado el asunto con Oscar David, Ada se dirigió a casa de Mauricio, que en realidad era un apartamento que tenía alquilado en un edificio a unas diez cuadras al norte de la Catedral. Se presentó sin ningún anuncio, llegó en un taxi y con la dirección escrita en una agendita de mano que sujetaba firmemente y que le mostró al taxista que le llamó la mamá de Oscar David para que la llevara sin que corriera peligro.

-Es que hay mucho vivo, doña – fue lo único que le dijo el taxista cuando ella le preguntó el porqué de tanta minucia para tomar un taxi.

Ada llegó a la puerta del edificio, cuya dirección era la misma que ella tenía anotada y que Mauricio le había dictado en una de las escasas llamadas telefónicas que sostenía con su hijo.

-Busco a Mauricio Gallón- le dijo al conserje cuando este le preguntó amablemente que necesitaba.

-¿Quién lo necesita? – preguntó el de nuevo.

-Dígale que su mamá.

No habían pasado dos minutos desde que el conserje llamó al apartamento cuando Mauricio bajó en pantaloneta y en una camiseta sin mangas, que para colmo tenía al revés. Mauricio abrazó a su mamá quien hizo un gesto extraño como si algo le hubiese molestado, la llevó por la escalera al apartamento tratando de hablar de cualquier cosa mientras llegaban, pero era obvio que Mauricio estaba nervioso y solo estaba tratando de parecer jovial, cuando la verdad estaba asustado.

Luego tratando de adivinar la llave, entró al apartamento. Ada se había imaginado de todo antes de entrar, desde imágenes de sadomasoquismo salvaje hasta escenas de pornografía extrema, pero lo que vio cuando entró fue un apartamento limpio, cómodo y al fondo un hombre sin camisa, tratando de cocinar el almuerzo. Era Leonel.

Era demasiado obvio que Leonel y Mauricio eran más que amigos. La casa estaba llena de retratos de los dos, en lugares que Ada solo había visto en revistas, en viajes de los que su hijo nunca le habló. Pero nunca le recriminó nada. Habló más con Leonel durante el almuerzo y se mostró interesada en su próximo grado como abogado y de cómo en su pueblo se necesitaba alguien como él, solo entonces descubrió que su hijo no se había graduado en casi siete años desde que salió a estudiar y razonablemente pidió una explicación.

Nunca hubo un silencio más prolongado e incómodo que aquel, pero Ada no se molestó simplemente salió de aquel apartamento y se fue por donde vino. Nunca más le envió un peso a Mauricio y en la nota que le envió con sus recuerdos más preciados de infancia le expresó que su bien él era y seguiría siendo su hijo, nunca más volviera a contar con ella, que recordara su compromiso de no volver jamás al pueblo y que si quería discutir sobre los bienes dejados por su padre, que ella se entendería directamente con Leonel a quien recibiría con gusto en el pueblo. Fue una trampa. Leonel fue al pueblo con la intención de hablar por Mauricio, pero en su lugar encontró una reunión de varios políticos en la mesa de Ada. Ninguno se hubiese negado a un almuerzo con ella luego de los servicios que ella prestó cuando la “enfermedad del mono” atacó al pueblo, alojando en su casa a los enfermos hasta que todos sanaron y regresaron a casa. Era evidente que Ada tenía una intención con aquel almuerzo, Leonel casi que olvidó el motivo de su viaje hablando de todo un poco con el alcalde de ese entonces, varios concejales y hasta con el jefe de policía local. Al finalizar el almuerzo ya tenía varias propuestas para venir a trabajar al pueblo.

Leonel regresó a Barranquilla con un documento firmado por Ada donde ella le reintegraría el dinero al que Mauricio tenía derecho por ley, con una cláusula que le impedía tocarlo hasta que terminara una carrera universitaria.

Así comenzó todo, Mauricio regresó a la universidad donde inició la carrera de Administrador de Empresas, abandonando la vida que tenía hasta entonces como escritor de blogs de viajes y fotógrafo amateur, Leonel se dividió entonces entre su trabajo como defensor de casos de personas con escasos recursos y el trabajo a destajo en la alcaldía de aquel pueblo.

Entonces Leonel ya parecía más hijo de Ada, que el propio Mauricio, le ayudó con los contratos de las tierras de Isaac Gallón, la acompañaba a misa, y hasta le preparaba comidas cuando iba al pueblo, pero jamás tocaron el tema de Mauricio.

Hasta que Leonel recibió la invitación del alcalde recién electo y las deudas adquiridas por él y por Mauricio en los tres años que habían pasado desde que Ada dejó de mandarle dinero, lo obligaron a él a aceptar.

Así estaban las cosas dos años después, cuando Leonel despertó aquella mañana. La niña Ada había mandado a lavar las cortinas por alguna razón que ya había olvidado y revisando los baúles viejos de la casa había encontrado los manteles viejos que había puesto en la ventana para que no le fuera a dar el sol de la mañana. Apenas despertó se levantó, como siempre con el pie derecho a la derecha de la cama.

Sonó el teléfono. Entonces recordó que era sábado y que el alcalde nunca llamaba antes de las ocho, y menos un fin de semana. Era un número desconocido, pero decidió posponer la llamada para darse una ducha rápida. No tardó más de cinco minutos. Cuando terminó de cambiarse vio el celular. Diez llamadas pérdidas. Algo andaba mal, en definitiva. Salió del cuarto a la cocina para desayunar, mientras trataba de llamar al número desconocido que no contestaba, se rindió y no volvió a marcar más. La niña Ada no estaba en la cocina, ni en la sala, ni en ninguna parte de la casa, pero si le pareció extraño que la puerta estuviera abierta de par en par cuando Ada a esa hora dejaba la puerta entreabierta.

Algo andaba mal. Cuando salió a la calle, vio a la vecina a la “seño” Esther hablando con su hermana y pareció que cuchicheaban más cuando lo vieron salir.

-Disculpe seño Esther ¿Usted vio salir a la niña Ada?-preguntó ya un poco nervioso.

-Sí, mijo, ella salió porque la vino a buscar la policía-dijo la solterona.

-¿La policía? ¿Para qué? –volvió a preguntar más asustado ahora.

-La llevaron a la variante, para que reconociera un cuerpo Leo, parece que hubo un accidente.

Leonel no terminó de escuchar el cuento cuando salió disparado a la variante, que era como conocían a la vía que conducía a Sincelejo, ¿quién podía haberse accidentado que llamaron precisamente a la niña Ada para que reconociera el cuerpo? Vio a un muchacho en una moto que le pitó viéndolo caminar de prisa.

-Llévame a la variante- dijo Leonel.

-Vale mil quinientos- dijo el muchacho.

-Dale, hombre- dijo Leonel ahora más molesto que asustado.

Ya llevaba tres cuadras cuando recordó que no había cerrado la puerta.

-La niña Ada me va a matar- se dijo a sí mismo.

Le pidió al muchacho que lo llevara a la casa de nuevo y efectivamente había dejado la puerta abierta, se bajó rápidamente y la cerró. Se subió de nuevo a la moto que salió veloz hacía el destino que Leonel había indicado.

No tardó más de tres minutos en llegar, esperaba que hubiese más gente, pero en efecto una moto se veía tirada en el piso, y a un costado un muchacho de la misma edad del que había traído a Leonel siendo asistido por un mujer vestida de enfermera, quejándose cada vez que esta le tocaba la herida que tenía en la frente.

Y al fondo, la van. Estaba hecha pedazos, había chocado contra un muro que aún tenía los nombres del alcalde de la campaña anterior. Leonel alcanzó a escuchar, mientras le pagaba al muchacho de la moto, que la moto había cerrado a la van, cuando venía otro camión y la van se tuvo que abrir, pero no alcanzó a frenar y se estrelló con toda velocidad contra el muro publicitario.

Caminó unos pasos cuando vio a la niña Ada. Estaba sentada llorando sobre el cuerpo del muchacho blanco y delgado, con el que Leonel soñaba todas las noches y con el que el aparecía en tantas fotos, en tantos viajes pagados por la fortuna en decadencia de Isaac Gallón. Era Mauricio.

Tenía en la mano, agarrado con todas sus fuerzas, el diploma de Administrador de Empresas que le había prometido a la niña Ada. Tenía una sonrisa en los labios, le alcanzó a pedir perdón a su mamá por decepcionarla y por no haber avisado que iba a llegar ese día.

-Les quería dar la sorpresa- dijo con mucho esfuerzo.

La niña Ada no pudo pronunciar palabra, Leonel agarró la mano de Mauricio mientras esta lentamente perdía su fuerza y mientras la mirada se le apagaba poco a poco. La niña Ada entonces le tomó las manos a los dos y se las unión tiernamente y se las selló con un beso. Ante la mirada atónita de los policías y de los curiosos que fueron a ver el siniestro, Leonel se olvidó de todos sus miedos y de los prejuicios de aquel pueblo y sus gentes y beso tiernamente a Mauricio en los labios que ya palidecían. Le prometió que se encargaría de la niña Ada y que sería para ella, un hijo porque para el, ella ya era una madre, antes de que Mauricio cerrara los ojos para siempre en la mitad de aquel asfalto ardiente, allí, en medio de la nada.

Anuncios

Autor: Carlos Mario Castro

La noche era oscura y lluviosa, iluminada apenas por los relámpagos intermitentes que surcaban a esa hora el cielo inclemente de La Mojana. Sintiendo a cada instante el peso de la oscuridad, El Hombre corría desesperado, sin prestarle atención a la tormenta, salvo por la molestia que suponía avanzar con los zapatos ensopados en medio de la espesa hierba sin desmontar. “Sólo un poco más” pensó. Sólo necesitaba avanzar un poco más, sólo un poco y llegaría por fin a la orilla del caño, donde esperaba deshacerse para siempre de la vergüenza que cargaba en ese momento, arropada entre sus brazos por dos gruesas cobijas que él mismo se había encargado de doblar. El Hombre se detuvo un momento sin darse cuento de la grieta de espanto que se había abierto en el cielo por medio segundo y que cualquier hombre menos piadoso hubiese confundido como una señal de su infortunio. La criatura tenía los ojos cerrados, a pesar del aullido incesante de la lluvia y el rugido esporádico de los truenos. “Lo mejor sería que te murieras” pensó, pero la voz que escuchó en su cabeza era apenas un susurro, casi inaudible, incluso para él. Se aferró a ella con fuerza. Estaba tibia y despedía un olor suave y agradable que no encajaba con la vergüenza que debía representar su sola existencia. Por un momento quiso detenerse, dar la vuelta y cubrir a aquella personita indefensa con su protección de abuelo amoroso, pero al levantar la vista se dio cuenta que era muy tarde. Se encontraba de pie, en el borde del caño. Era hora de tomar una decisión. El Hombre sostuvo la criatura entre sus brazos, calculando el movimiento final que lo condenaría a una eternidad en las llamas del infierno y pensó en la ironía que suponía cometer un crimen monstruoso para que su esposa y sus hijas pudiera asistir a misa, todos los domingos con la frente en alto, sin que la turba ignorante y pretenciosa de aquel pueblo perdido en el centro del olvido, se abalanzara sobre ellas, dispuesta a destruirlas. Entonces miró al cielo, esperando que Dios, en su infinita misericordia, se apiadara de él y lo liberara de aquella tarea ingrata que él mismo se había impuesto, cegado por la ira y la soberbia. Pero en medio de aquella tormenta, sólo encontró el fulgor intenso de un relámpago monstruoso que surcó el cielo en aquel instante. Nunca vio venir el primer golpe. Sólo sintió un hormigueo eléctrico que recorría toda su cabeza y le nublaba la poca visión que hubiese podido tener a aquella hora de la noche. Luego vio el segundo, justo en frente de sus ojos, antes de que la tranca de madera maciza tocara con fuerza su sien izquierda. El hombre cayó de rodillas en medio del lodo y la hierba húmeda y montaraz. Sólo entonces se dio cuenta que ya no llevaba a la criatura en los brazos, porque escuchó como se alejaba el aullido agudo de su llanto, derrotando el rumor de la lluvia. Alcanzó a pedirle perdón a Dios y a suplicarle que no abandonara a su familia, a su esposa y a sus hijas, antes de sentir el tercer golpe que le fracturó el cráneo y lo obligó a arrojarse de bruces contra el barro

2 pensamientos en “El Diploma – Cuento

  1. ¡Me encanta tu blog! Te sigo. Muac ♥

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s