Entre Cuentos.

Historias de El Sabanero X.

El Hechicero de Texas. Capítulo 1 (Historia Inconclusa)

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Luke contempló el claro que dejaban los frondosos árboles, el sol empezaba a emitir sus primeros rayos y la fría noche de septiembre daba paso a los tenues y relajantes colores del otoño. Era el final, el plan no había resultado. Todos se habían ido y ahora estaba allí, sólo, desorientado y con unas terribles ganas de llorar. Cayó de rodillas. ¿Cómo le explicaría a su mamá lo que había pasado con Terry? ¿Qué les diría a los padres de Shannon y Michael? ¿Qué motivos tenía para vivir ahora?

Todo había sido culpa de Terry. Si ella no hubiese salido a escondidas a esa maldita fiesta de bienvenida. Si ella lo hubiese escuchado cuando la alertó de no ir a ese lugar. Si ella no lo hubiese menospreciado como siempre lo hacía, ella estaría ahí con él, quizás mirándolo como si en realidad no terminara de creer que él era su hermano, como si en el fondo de su ser deseara que no existiera. Así era Terry.

¿Por qué tuvo que ir a ese lugar? La hubiese dejado ir, a veces deseaba que lo que pasara con su hermana no le importara, de la misma manera en que estaba seguro que él estaba seguro que ella reaccionaría si lo veía entrar a una trituradora. Su familia no era exactamente la familia modelo. Su padre trabajaba mucho, demasiado. Estaba endeudado, había perdido mucho dinero en la crisis. Y sólo le quedaba su título de médico para evitar que su familia no se muriera de hambre; podían pasar días sin que Luke lo viera y en las raras ocasiones que coincidían en la casa, lo veía pasar como un sonámbulo ajeno de sí mismo. Lo había visto tomar esas píldoras blancas. Su padre estaba en problemas, lo sabía. Pero eso a Terry no le importaba ni tampoco le importaba Susan, su mamá. Había renunciado a su carrera como enfermera para casarse con Alan y criar a dos hijos que 15 años después, en lugar de agradecerles, sólo les causaban más angustia de la que ella podía tolerar.

Eso era lo que había sucedido aquella noche. Susan había tenido una fuerte jaqueca y le había pedido a Luke que apagara todas las luces. No era infrecuente que su madre sufriera de jaquecas, pero aquella noche se veía mucho más afectada e incluso pensó en llevarla al hospital de urgencia, pero justo cuando ese pensamiento se le pasó por la cabeza se dio cuenta que Susan había logrado dormir.

Se hubiese dedicado a repasar un poco de literatura inglesa, para adelantar algo del trabajo de la maestra Callowell, pero se sintió sin fuerzas, desgastado, perdido. No creía poder mantenerse despierto en caso de que Susan necesitara algo más, así que decidió pedirle a Terry que la cuidara por un rato más para asegurarse que todo estaba bien. La casa estaba oscura, mucho más el pasillo de las habitaciones. Abrió la puerta. No había nadie en aquella habitación. La ventana estaba abierta y las cortinas ondeaban al son de la brisa nocturna.

Se había ido, a esa maldita fiesta, a esa fiesta de la que nada bueno podía salir. Había escuchado a Trent Andrews hablar sobre lo que pensaban hacer él y su equipo de tontos narcotizados que jugaban en el equipo de fútbol. Habían invitado a las muchachas de primer año, Don Marx había conseguido de su hermano en Stanford la formula para un alucinógeno. Luke sabía que un alucinógeno fabricado por alguien que ignoraba los tres estados del agua era potencialmente más peligroso que cualquiera que haya sido la droga original que pretendían obtener.

Don Marx, estaba en tercer año y Luke sabía que en el verano había abusado de Cassidy Roarks, lo sabía porque Alan, su padre, había sido el médico de turno la noche que la llevaron. En el archivo que Luke vio en la computadora de su Alan, no solo mencionaba el abuso sexual, también la habían golpeado numerosas veces en el rostro y en el cuerpo, probablemente a patadas. Quedó con la cara destrozada y una costilla rota. Sabía que había sido Marx porque Michael se lo contó. Él estaba en el equipo de fútbol, no era una mascota de Andrews y Marx como Steve Axelsson, el novio de Shannon, pero asistía sin falta a todas las fiestas que organizaban sus compañeros. Sabía lo de Cassidy porque en la primera fiesta que fue invitado, escuchó a Marx, que estaba fuera de sus cabales por la mezcla de alcohol y anfetaminas, amenazar a otra chica con hacerle lo mismo sino aceptaba hacerle sexo oral por las buenas.

Pensar que Terry, su hermanita, con la que peleaba por los lápices de colores cuando aún asistían al jardín de niños, podía terminar como Cassidy Roarks era todo lo que Luke necesitaba para ir tras ella a buscarla. Había revisado a Susan y dormía normalmente. Cerró la puerta con cuidado y para evitar más ruidos innecesarios salió por la ventana que su hermana había dejado abierta.

Sabía donde era la fiesta. Aunque el equipo había tratado de mantener el secreto, Michael le había contado todo a Luke para animarlo a ir. Luke se negó. No solo era que detestaba a los drogadictos y a los deportistas, le costaba trabajo conectarse con otras personas y sentir aún los niveles más básicos de empatía hacia nadie, incluyendo su familia y sus dos únicos amigos: Shannon y Michael.

Decidió caminar hasta la vieja bodega donde se realizaría la fiesta. Era en realidad una vieja fabrica de zapatos abandonada. La fabrica funcionó hasta el día que el dueño decidió dejarlo todo tirado para empezar de nuevo en alguna región olvidada de China. Muchos habían quedado sin empleo, entre ellos el padre de Michael quién luego del cierre decidió abandonar a su esposa y su hijo a su suerte. La madre de Michael había conseguido sostener un pequeño negocio de venta de antigüedades y había logrado sacar adelante a su hijo.

Eran casi cinco kilómetros desde la casa de los Daniels hasta la bodega, sin embargo si había algo que Luke podía hacer era caminar, de hecho era su pasatiempo favorito. Le ayudaba a pensar, a aclarar su mente e incluso a resolver algunos ejercicios de algebra que le costaban trabajo. No había caminado ni tres kilómetros cuando entró un mensaje de texto a su celular. “No vayas” decía muy claramente. Hacía días que recibía mensajes de ese tipo, no solo en su celular, sino en la bandeja de entrada de su correo y hasta en sus perfiles de las redes sociales. Seguro debía ser algún trastornado de la escuela queriendo jugarle una broma, asegurándose de que él no asistiera, pero estaba muy equivocado. Debía ir y sacar a Terry de allí, no sólo para alejarla de Marx y Andrews, sino para evitar otro conflicto en casa.

Ya se había alejado de las últimas casas cuando empezó a escuchar los bajos de la música. Su primer impulso fue llamar a la policía, pero no podía hacerlo si él también estaba allí. Debía sacar de ahí a su hermana primero. Después se encargaría de hacerle pasar un mal rato a sus compañeros.

No había casi nadie afuera de la bodega, era dentro donde transcurría la acción. No sentía gusto de tener que verle la cara a Steve o a cualquiera de los futbolistas, intentó llamar a Terry una vez más. No contestó. Debía entrar. Afortunadamente estaba oscuro, pensó que pasaría desapercibido, pero se equivocó. No había dado diez pasos dentro del lugar cuando sintió una pesada mano obre su hombro derecho.

-¿Qué haces aquí Daniels?- escuchó Luke en la voz detestable de Steve Axelsson.

Luke no dijo nada, se sacudió la mano de Axelsson y quedo frente a él mirándolo fijamente. Steve podía estar en el equipo de fútbol, pero eso no lo hacía más fuerte. De hecho en el fondo deseaba que el futbolista lo atacara para así descargar contra él toda la rabia que le profesaba, desde antes que empezara a salir con Shannon.

-Lárgate- dijo Axelsson.

Luke caminó lentamente hacía él. Estaba preparado para responderle a Steve como se merecía, pero justo en ese momento apareció Michael, sonriendo como casi siempre que lo veía.

-¿Qué rayos crees que haces, Axelsson? – preguntó Michael.

-Sacó la basura de aquí, Masters- contestó Steve.

Michael agarró a Steve de la chaqueta y se lo acercó fuertemente hasta que sus caras quedaron a medio palmo de distancia.

-Aquí tú no decides ni quién es la basura, ni cuando sacarla, lárgate de aquí.

Steve obedeció y se dirigió a lo lejos, a una mesa perdida en la multitud, en la misma mesa donde estaba Shannon. La vio sola, quizás aburrida, con sus rizos rubios cayendo sobre sus hombros. No comprendía como una chica como ella estaba con una basura como Axelsson.

-Terry está de aquel lado- dijo Michael señalando el fondo de la bodega- está con esos bichos raros de Billy y Jayme, si de verdad quiere entrar al equipo de las porristas, debería dejar de andar con ellos.

Billy y Jayme no eran precisamente bichos raros, de hecho Luke se consideraba a si mismo un bicho más raro que aquellos dos. Billy y Jayme era novios y había ido a la primaria junto con Luke y Terry. Se decía que andaban en cosas raras, sobre todo por la clase de cosas que hablaban en ocasiones, pero no tenían tatuajes, ni piercings, ni vestían ropa gótica ni nada por el estilo. Pero si había algo que aquellas pocas semanas en la preparatoria le habían enseñado a Luke era que siempre habría una excusa para discriminar a alguien.

Luke agradeció a Michael por la información y se dirigió al punto donde esperaba encontrar a su hermana. Pasó en medio de algunas chicas que evidentemente ya estaba bajo el efecto de alguna sustancia, no quería imaginar donde amanecerían, ni con quien, ni mucho menos en que estado. Debía encontrar a Terry de inmediato. Se consoló con el hecho que Billy y Jayme no eran peligrosos, al menos no tanto como los futbolistas. Vio a lo lejos a Marx con una de esas chicas. Sintió asco.

Llegó al final de la bodega, pero no veía a Terry ni a sus dos amigos. Pero había una salida. Escuchó voces afuera. Era la voz de su hermana.

-Necesitamos a alguien mas- decía ella.

-¿Para qué necesitan a alguien más?- preguntó Luke dirigiéndose a su hermana y sus dos amigos- ¿Acaso pretenden tener sexo todos juntos o que?

-¡Asqueroso!- gritó Terry- ¿Qué diablos haces aquí, fenómeno?

-Mamá está enferma y tú estás aquí exponiéndote, ¿sabes lo que Marx y Andrews le están echando a las bebidas de tus amigas? ¿Quieres terminar como Cassidy Roarks?

Terry se quedó pensativa. Cassidy había sido su amiga, pero luego del incidente del verano no volvió a saber de ella, no respondía sus llamadas, ni sus mensajes. La había perdido.

-Cálmate Daniels- dijo Billy en un torno mucho más sereno- Terry y Jayme quieren jugar con esa hoja que encontraron en la tienda de Masters. ¿Por qué no nos ayudas? Se necesitan cuatro y luego que vean que no pasa nada se les quitará la necedad.

Luke lo pensó. Discutir con Terry lo demoraría mucho más y probablemente no le haría caso. Aceptó el trato y la misma Terry también accedió a irse con él cuando terminaran el hechizo.

-¿El hechizo?- preguntó Luke- ¿Qué hechizo?

-Es un viejo hechizo, parece que es de la época de Salem o algo así- respondió Jayme.

-Eso es una tontería.-dijo Luke.

-Lo mismo les dije yo- respondió Billy- pero mejor acabemos con esto de una buena vez.

Los cuatro caminaron dentro de la arboleda que amenazaba con devorar la bodega de un momento a otro. Alumbraban con sus celulares el camino y finalmente encontraron un claro. Se sentaron en un circulo. Terry sacó de un pequeño cilindro una especie de pergamino que extendió sobre el suelo. Intentó leerlo pero evidentemente le costaba trabajo hacerlo, estaba en una especie de inglés antiguo.

-Deja yo lo intento- dijo Luke- ni siquiera sabes leerlo.

-Ok, señor sabihondo, léalo usted mismo.

Todos se agarraron de las manos. Luke dio una ojeada inicial al pergamino, hablaba de la puerta y su guardián, no le prestó mucha atención, debía terminar rápido para llevar a Terry a casa. Empezó a leer, a diferencia de Terry, él si tenía idea de como pronunciar aquellas palabras escritas algunas con símbolos un tanto extraños.

No había terminado cuando sintió una fuerza extraña que adhería sus manos con las de Terry y Jayme, Billy frente a él parecía estar pasando por lo mismo. No se podía zafar, pero al mismo tiempo no podía dejar de leer, se dio cuenta que repetía una y otra vez las palabras del pergamino. Empezó a sentir dolor. Una brisa tenue se sentía en medio de las copas de los árboles. Luke aún podía escuchar la música que provenía de la bodega, el susurro de las hojas en lo arboles y el sonido de su voz emitiendo sonidos en un idioma indescifrable.

De repente una enorme luz se alzó sobre ellos, los cuatro muchachos fueron arrojados lejos por la misma fuerza que sostenía la luz. Luke no supo que sentir cuando vio que de la luz salía una figura fantasmagórica. No había sido una buena idea salir de casa aquella noche.

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Autor: Carlos Mario Castro

La noche era oscura y lluviosa, iluminada apenas por los relámpagos intermitentes que surcaban a esa hora el cielo inclemente de La Mojana. Sintiendo a cada instante el peso de la oscuridad, El Hombre corría desesperado, sin prestarle atención a la tormenta, salvo por la molestia que suponía avanzar con los zapatos ensopados en medio de la espesa hierba sin desmontar. “Sólo un poco más” pensó. Sólo necesitaba avanzar un poco más, sólo un poco y llegaría por fin a la orilla del caño, donde esperaba deshacerse para siempre de la vergüenza que cargaba en ese momento, arropada entre sus brazos por dos gruesas cobijas que él mismo se había encargado de doblar. El Hombre se detuvo un momento sin darse cuento de la grieta de espanto que se había abierto en el cielo por medio segundo y que cualquier hombre menos piadoso hubiese confundido como una señal de su infortunio. La criatura tenía los ojos cerrados, a pesar del aullido incesante de la lluvia y el rugido esporádico de los truenos. “Lo mejor sería que te murieras” pensó, pero la voz que escuchó en su cabeza era apenas un susurro, casi inaudible, incluso para él. Se aferró a ella con fuerza. Estaba tibia y despedía un olor suave y agradable que no encajaba con la vergüenza que debía representar su sola existencia. Por un momento quiso detenerse, dar la vuelta y cubrir a aquella personita indefensa con su protección de abuelo amoroso, pero al levantar la vista se dio cuenta que era muy tarde. Se encontraba de pie, en el borde del caño. Era hora de tomar una decisión. El Hombre sostuvo la criatura entre sus brazos, calculando el movimiento final que lo condenaría a una eternidad en las llamas del infierno y pensó en la ironía que suponía cometer un crimen monstruoso para que su esposa y sus hijas pudiera asistir a misa, todos los domingos con la frente en alto, sin que la turba ignorante y pretenciosa de aquel pueblo perdido en el centro del olvido, se abalanzara sobre ellas, dispuesta a destruirlas. Entonces miró al cielo, esperando que Dios, en su infinita misericordia, se apiadara de él y lo liberara de aquella tarea ingrata que él mismo se había impuesto, cegado por la ira y la soberbia. Pero en medio de aquella tormenta, sólo encontró el fulgor intenso de un relámpago monstruoso que surcó el cielo en aquel instante. Nunca vio venir el primer golpe. Sólo sintió un hormigueo eléctrico que recorría toda su cabeza y le nublaba la poca visión que hubiese podido tener a aquella hora de la noche. Luego vio el segundo, justo en frente de sus ojos, antes de que la tranca de madera maciza tocara con fuerza su sien izquierda. El hombre cayó de rodillas en medio del lodo y la hierba húmeda y montaraz. Sólo entonces se dio cuenta que ya no llevaba a la criatura en los brazos, porque escuchó como se alejaba el aullido agudo de su llanto, derrotando el rumor de la lluvia. Alcanzó a pedirle perdón a Dios y a suplicarle que no abandonara a su familia, a su esposa y a sus hijas, antes de sentir el tercer golpe que le fracturó el cráneo y lo obligó a arrojarse de bruces contra el barro

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