Entre Cuentos.

Historias de El Sabanero X.

El Karaoke. Capítulo 2 (Historia Inconclusa)

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El estrépito de los truenos y los relámpagos le habían impedido dormir a Catalina. Había pasado toda la noche dando vueltas a la ciudad en la motocicleta que el canal le había asignado para hacer los reportajes de las extrañas y hasta morbosas noticias que tenían lugar en Bogotá una vez caía el sol. Eran las 10 de la mañana y sobre la ciudad se precipitó un aguacero de proporciones bíblicas, el peor sin duda desde que empezó la temporada invernal, no sólo era que el frío recorría el apartamento como un fantasma sin sosiego, sino que los truenos y los relámpagos no hacían otra cosa que espantarle el ya escaso sueño a la mujer.

Se levantó de la cama teniendo presente que sus babuchas estaban del lado izquierdo, trató de encender la lampara. No había luz. El encapotado cielo invernal no daba paso al más ínfimo rayo de sol y el lugar se encontraba a oscuras, a pesar de que no había cortinas sobre las ventanas.

Catalina tomó su celular e iluminó la habitación con la luz proveniente de la pantalla del aparato. De repente sintió algo extraño, era como si alguien la estuviera observando. Se dirigió de inmediato a la puerta, todos los seguros estaban puestos. Nadie podía haber entrado. Tomó un vaso de uno de los estantes y se sirvió un poco del agua del grifo. No se dio cuenta de la figura que  se dibujó sobre la ventana con el siguiente relámpago, una figura que se acercaba hacia ella. Tomó una pastilla de un frasco que tenía en una de las gavetas, era la receta que le había mandado el médico para dormir, no le gustaba tener que tomarlas, pero teniendo en cuenta que el director del noticiero la llamaría aquel día antes de costumbre para ir a los barrios del sur a cubrir las inundaciones, lo mejor fuera que durmiera bien.

Otro relámpago iluminó el cielo, y la figura de un hombre se acercó despacio hacía la mujer, que ya se disponía a regresar a su cuarto. Ya estaba a pocos pasos de la puerta de su habitación cuando se acordó que había dejado su celular sobre el mesón de la cocina. Regresó y agarró el aparato, vio un mensaje: “En el canal a las 6:45”, estaba contestando el mensaje cuando volteó y quedó de frente contra la figura que la había estado observando desde que salió de su habitación. Catalina gritó lo más que pudo y trató de huir pero cayó al piso, pudo ver los pies del hombre que se acercaba y trató de agarrar un cuchillo de la gaveta pero se vinieron todos encima y uno de ellos fue a parar en su pantorrilla derecha. El hombre la sujeto, mientras su pierna sangraba.

-¿Estás bien?- le preguntó el hombre, cuya voz conocía.

-¿Gustavo? ¿Que carajos haces aquí? ¿Me quieres matar de un susto?- preguntó Catalina aún muy asustada.

-Necesito hablar contigo, te cortaste feo- dijo Gustavo quien vestía una chaqueta negra aún mojada por el aguacero.

-¿Cómo entraste aquí? La puerta tiene los seguros puestos- dijo la mujer.

-Tu me diste una llave ¿recuerdas?

Gustavo tomó a Catalina y la cargó hasta la cama, la herida sobre la pantorrilla se veía escandalosa, pero seguramente no era nada serio. Buscó en el botiquín del baño, el alcohol, el yodo y los esparadrapos que podría necesitar. Estaba apenas limpiado la herida cuando sintió de nuevo el fuego en su cuerpo al tocar la piel de aquella mujer que había sido suya tantas veces, pero recordó el propósito por el cual estaba allí.

-Pensé que no te volvería a ver más – dijo Catalina.

-Te dije que necesito tu ayuda – dijo Gustavo aplicándole un algodón empapado de yodo sobre la herida – no conozco a nadie más.

Catalina se dio cuenta de la sombra triste que nubló la mirada de Gustavo.

-Es por esa maldita mujer ¿verdad?

Gustavo no respondió. Catalina tenía razones para odiar a Clarena, después de todo, por culpa de ella 5 años de relación con Gustavo se fueron a la basura cuando aquella mujer se fue a vivir con él. Gustavo nunca quiso mudarse con Catalina, a él le asqueaba todo el entorno en el que se movía la periodista. Sus amigos que se creían famosos sin serlo, un montón de aduladores sin oficio que lo miraban a él como a un pedazo de estiércol, su familia llena de formalismos hipócritas, en fin. Si tardó cinco años para terminar con Catalina fue porque sólo para ese tiempo había conocido a Clarena. A Gustavo no le pesó en absoluto decirle la verdad a Catalina, de hecho siempre hubo una parte de él que quería lastimarla, por tantos momentos horribles que ella les hizo pasar. Le dijo la verdad sin anestesia: la dejaba por otra mujer, una mujer a la que SI amaba. La reacción de Catalina fue la de una villana de telenovela, empezó a gritar como loca y empezó a arrojar los floreros y los cuadros al piso, mientras Gustavo se escabullía pensando que no tendría que verla nunca más.

Ya había pasado más de un año desde aquel episodio y Gustavo mismo no se creía que estaba en aquel mismo apartamento con aquella mujer, pero no tenía opción.

-Si – respondió Gustavo con tristeza – es por Clarena.

Ya Catalina tenía una pequeña venda sobre la herida que no era nada serio.

-Te metes en mi casa, como un ladrón, utilizando la llave que yo te dí, creyendo que me querías, en mi casa donde me humillaste y me destruiste y ahora vienes a pedirme ayuda para esa maldita. Lárgate de mi casa Gustavo, ahora soy yo la que no te quiere ver nunca más. ¡ Lárgate!

-Por favor, Catalina, no estaría aquí sino te necesitara- dijo el con lagrimas en los ojos- Ella está muriendo.

-Entonces que se muera, y muérete tu también junto a ella, ahora ¡ lárgate!

Gustavo se dirigió a la puerta de la habitación, tenía la intención de irse, miró a Catalina que tenía la furia dibujada en la cara. Se acercó nuevamente al borde de la cama, se puso de rodillas.

-Perdóname, Cata, perdóname, fue mi culpa, me sentía como una basura cuando estaba contigo y quería que lo pagaras, quería que sufrieras como yo sufrí, y ahora estoy pagando todo eso, Cata, perdóname por favor – decía Gustavo llorando a lagrima viva.

Catalina podía tener el corazón endurecido por años de trabajo inclemente y malas relaciones, pero ver a aquel hombre llorando de rodillas al pie de su cama la conmovió.

-Ya, Gustavo, cálmate, por favor- dijo ella en un tono menos iracundo.

-Por favor, perdóname, me estoy muriendo por dentro, Cata y tu eres la única que me puedes ayudar- dijo Gustavo mientras las lágrimas rodaban por su rostro.

-No llores y levántate, por favor- dijo ella.

Gustavo no se levantó, tenía dos semanas sin dormir, pasaba las noches en la clínica con Clarena que lo miraba sin verlo, en una mirada fría que no le decía nada. Estaba muerta en vida. Respiraba y comía pero estaba ausente, no era ella. La único que había de ella, era la canción que cantaba en voz baja, la misma que había cantado en el Karaoke antes de caer. Trabajaba como un zombie y pasaba la noche junto a su mujer, esperando que saliera de ese estado.

Le contó todo a Catalina, como había sufrido al ver a su mujer indiferente y lejana, al escuchar una y otra vez la misma maldita canción y al ver que a pesar de su devoción, él no podía hacer nada para ayudarla.

-Tranquilo, yo te voy a ayudar- dijo ella.

Aún sentía algo por él y si había algo que ella pudiera hacer para hacerlo sentir mejor lo haría, sin embargo aún tenía por dentro una rencilla contra él, que temía se transformara en odio si seguía viéndolo. Quería decirlo, pero no fue necesario. Las luces del apartamento se iluminaron, había llegado la luz. El equipo de sonido se iluminó también y se encendió la radio, en la emisora que Catalina tenía programada, se escuchó una canción:

“Por qué me abandonaste (no se por qué), quemándome la vida (no se por qué) llenando de tristeza y soledad cada momento, que no estás aquí…. por qué me abandonaste”

Gustavo se quedó mudo un momento, se sintió mal. Las cosas no debieron terminar con Catalina de la forma como terminaron.

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Autor: Carlos Mario Castro

La noche era oscura y lluviosa, iluminada apenas por los relámpagos intermitentes que surcaban a esa hora el cielo inclemente de La Mojana. Sintiendo a cada instante el peso de la oscuridad, El Hombre corría desesperado, sin prestarle atención a la tormenta, salvo por la molestia que suponía avanzar con los zapatos ensopados en medio de la espesa hierba sin desmontar. “Sólo un poco más” pensó. Sólo necesitaba avanzar un poco más, sólo un poco y llegaría por fin a la orilla del caño, donde esperaba deshacerse para siempre de la vergüenza que cargaba en ese momento, arropada entre sus brazos por dos gruesas cobijas que él mismo se había encargado de doblar. El Hombre se detuvo un momento sin darse cuento de la grieta de espanto que se había abierto en el cielo por medio segundo y que cualquier hombre menos piadoso hubiese confundido como una señal de su infortunio. La criatura tenía los ojos cerrados, a pesar del aullido incesante de la lluvia y el rugido esporádico de los truenos. “Lo mejor sería que te murieras” pensó, pero la voz que escuchó en su cabeza era apenas un susurro, casi inaudible, incluso para él. Se aferró a ella con fuerza. Estaba tibia y despedía un olor suave y agradable que no encajaba con la vergüenza que debía representar su sola existencia. Por un momento quiso detenerse, dar la vuelta y cubrir a aquella personita indefensa con su protección de abuelo amoroso, pero al levantar la vista se dio cuenta que era muy tarde. Se encontraba de pie, en el borde del caño. Era hora de tomar una decisión. El Hombre sostuvo la criatura entre sus brazos, calculando el movimiento final que lo condenaría a una eternidad en las llamas del infierno y pensó en la ironía que suponía cometer un crimen monstruoso para que su esposa y sus hijas pudiera asistir a misa, todos los domingos con la frente en alto, sin que la turba ignorante y pretenciosa de aquel pueblo perdido en el centro del olvido, se abalanzara sobre ellas, dispuesta a destruirlas. Entonces miró al cielo, esperando que Dios, en su infinita misericordia, se apiadara de él y lo liberara de aquella tarea ingrata que él mismo se había impuesto, cegado por la ira y la soberbia. Pero en medio de aquella tormenta, sólo encontró el fulgor intenso de un relámpago monstruoso que surcó el cielo en aquel instante. Nunca vio venir el primer golpe. Sólo sintió un hormigueo eléctrico que recorría toda su cabeza y le nublaba la poca visión que hubiese podido tener a aquella hora de la noche. Luego vio el segundo, justo en frente de sus ojos, antes de que la tranca de madera maciza tocara con fuerza su sien izquierda. El hombre cayó de rodillas en medio del lodo y la hierba húmeda y montaraz. Sólo entonces se dio cuenta que ya no llevaba a la criatura en los brazos, porque escuchó como se alejaba el aullido agudo de su llanto, derrotando el rumor de la lluvia. Alcanzó a pedirle perdón a Dios y a suplicarle que no abandonara a su familia, a su esposa y a sus hijas, antes de sentir el tercer golpe que le fracturó el cráneo y lo obligó a arrojarse de bruces contra el barro

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