Entre Cuentos.

Historias de El Sabanero X.

El Karaoke. Capítulo 1. (Historia Inconclusa)

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De repente el techo empezó a crujir horriblemente, Gustavo se levantó de la cama rápidamente. Las lluvias de aquel año habían dejado huella en el pequeño apartamento que compartía con Clarena, la mujer con la que vivía hacía mas de un año. Vivían en una de esas viejas casas del sur, que luego adaptaban como viviendas múltiples y en las que todos se conocían.

Unas semanas antes, a Gustavo le había tocado reparar el techo de la cocina, que se había desprendido ante la presión descomunal del aguacero de la estación. Le costó trabajo y sobre todo dinero hacer la reparación él mismo. Había trabajado un buen tiempo como obrero de construcción, hasta que una lesión en la mano izquierda le impidió hacerlo. A sus 27 años le había tocado improvisar una nueva carrera y se inscribió en una academia que preparaba guardias de seguridad.

Ahora a sus 32 años los tiempos duros del insomnio mortal y del cansancio extremo había dado paso a una rutina encantadora con su mujer, a quien curiosamente había conocido mientras hacía turno en una biblioteca pública en el centro de Bogotá. Además de su elegancia, lo impresionó la seguridad contagiosa de aquella mujer que le hacía hervir la sangre.

Al principio se limitó a observarla, como otra más de las mujeres a las que les revisaba el bolso en al entrada y en la salida de la biblioteca que cuidaba 2 veces por semana. Pero un día que estaba distraído, se sorprendió al ver que ella lo miraba. Gustavo sabía que el con aquella mirada que ella le había lanzado por una fracción de segundo, el 70% del trabajo ya estaba hecho. No le fue díficil acercarse, pedirle el teléfono e invitarla a bailar.

Sentía que Clarena le respondía cada vez que él la tocaba y eso le hizo las cosas mucho más fáciles.

Un Sábado mientras comían un helado en la plazoleta de comidas de un centro comercial cerca de la casa de ella, por los lados de la 80, sintió que el momento había llegado.

-Vente a vivir conmigo- le dijo sin anestesia a la mujer, que quedó varios segundos con la cuchara del helado en la boca.

Clarena nunca sospechó lo dificil que fue para Gustavo ese momento eterno en el que ella pensó la respuesta. Había pensado en él como un amante fugaz, un novio temporal o una compañía momentánea, pero jamás como para compartir su espacio con él. Pensando que quizás la convivencia lograría lo que ni su indiferencia constante había logrado, le dijo que si a aquel hombre que le inspiraba solamente lujuria y pasión.

Veinte meses después, Clarena no solo seguía viviendo en la casa que Gustavo le ofreció como su nido de amor, sino que sus sentimientos por él se había intensificado y casi que no podía vivir sin saber de él.

Cuando lo vio regresar de la cocina, apenas con un boxer negro encima del cuerpo fornido, se dio cuenta por primera vez que lo amaba.

-No se rompió el techo- le dijo él, metiendose dentro de las cobijas para huir del frío.

Clarena permaneció observándolo un buen rato, mientras el intentaba dormir, pero él se dio cuenta que algo inquietaba a su mujer.

-¿Te pasa algo?- preguntó Gustavo.

-Te amo- le dijo ella.

-Es la primera vez que me lo dices- dijo él.

-Es la primera vez que lo siento- dijo ella- te amo.

Ambos compartieron un beso lento y prolongado que luego derivó en un apasionado encuentro sexual.

Después de preparar el desayuno y despedirse de su marido, Clarena miró en su agenda las citas de aquel día. Justo al lado de la fecha, 24 de Octubre, estaba la frase “Dos años desde que te vi por primera vez”.

Pasó todo el día pensando en una sorpresa para Gustavo, a la hora del almuerzo, estaba tan distraída que casi se cae de la silla cuando un Mimo le ofreció una tarjeta.

-Lo siento no compro nada- dijo Clarena.

El mimo insistió y señaló las palabras de la tarjeta. Clarena entendió, y ya sabía exactamente lo que haría aquella noche de Viernes con su marido.

Cuando Gustavo llegó a su casa, Clarena lo estaba esperando. Ella estaba vestida para salir a la calle y había una muda de ropa esperando por él en la cama. Gustavo apenas tuvo tiempo de bañarse y vestirse y aún no le preguntaba a su mujer cuál era el motivo de semejante pinta.

Cuando terminó de ponerse los zapatos, escuchó el pito del taxi frente a la casa. Clarena agarró su cartera y lo tomó de la mano.

Gustavo se quedó observándola un rato como tratando de adivinar que era lo que ella tramaba, o al menos tratando de que ella se diera cuenta que él la estaba mirando para que le diera una explicación, pero Clarena estaba tan emocionada y ensimismada con su sorpresa que apenas si le dirigió la palabra a su marido.

Tomaron la ruta de la avenida y luego doblaron por las bodegas, Gustavo se preocupó, aquel sector era cuando menos bastante peligroso de día, ni que decir de la noche. Pero cuando el vehículo se detuvo frente a un bar muy bien iluminado desde donde salía música bailable, sus pensamientos volvieron hacia la indeferencia de Clarena.

-Paga el taxi y te espero adentro- le dijo ella rapidamente mientras salía del vehículo.

Gustavo revisó su billetera, le quedaba un sólo billete de cincuenta mil pesos, hasta el 30 que posiblemente era el día de su pago.

-¿Cuánto le debo?- preguntó.

-Veinte mil pesos, señor- dijo el joven taxista, que podría ser de la edad de Fernando, su hermano menor.

Gustavo extendió el billete y el muchacho se tardó dos segundos en darle las vueltas.

El lugar parecía un oasis luminoso en medio del desierto oscuro, agreste y frío de aquella calle, adentro había varias personas y podía ver a Clarena hablando con una mujer.

-Tonto- escuchó Gustavo a alguien hablando al lado de él, pero estaba sólo en frente del lugar. Miró su teléfono celular para ver si había sido el timbre, pero no había mensajes, ni llamadas perdidas.

-¡Gus! – dijo Clarena asomada en la puerta del lugar – ¡Entra, ven! Te tengo una sorpresa.

Al entrar al lugar, un estruendo de pitos y de música de cumpleaños asaltó a Gustavo. Clarena y la mujer con la que la vio hablando estaban al frente de todo y los otros clientes estaban colaborando.

-Yo no estoy cumpliendo años, mi amor- dijo él.

-Nosotros sí – dijo ella- hoy hace dos años que te vi por primera vez en la Biblioteca.

Gustavo se quedó pensando en la fecha y en por qué Clarena la recordaba tan claramente, pero no le sorprendió, Clarena era una maniática con los detalles y si era de cumpleaños y aniversarios, ella era capaz de recordarlos todos.

Luego del escandalo y del beso de agradecimiento, la mujer del chal que había estado hablando con Clarena, los condujo a la mesa que ella había reservado. Habían varias parejas aquella noche, Gustavo contó tres parejas más y dos sujetos que parecían ser amigos. Estaba además la mujer del chal, el cantinero y una mesera muy joven y linda.

Habían estado hablando muy íntimamente, de planes futuros, de matrimonio, de hijos cuando la mesera joven se paró en la tarima que quedaba al fondo del lugar.

-Bueno y a partir de este momento empezamos nuestra noche de Karaoke, el mejor participante gana el pago completo de su consumo por hoy- dijo la muchacha.

-Tonto-dijo Gustavo.

-¿Cómo lo supiste?- preguntó Clarena.

-¿Cómo supe qué?

-¿Que me encanta esa canción?

Gustavo no supo que decir, si le decía que había dicho aquello porque la idea de cantar en Karaoke le parecía absurda, podría poner triste a Clarena y eso era lo que menos quería en ese momento.

-Ya tenemos al primer participante, y es Juan Manuel, que va a cantar una canción de Laura Pausini.

Gustavo no le prestó mucha atención a la canción, estaba viendo como Clarena se había levantado de la silla para pedir el siguiente turno con la mesera joven. La canción terminó y Gustavo se dio cuenta que el cantante improvisado regresaba a su mesa con una expresión de desconcierto y tristeza, muy diferente a la que tenía cuando se levantó de la silla y que era un tanto infantil.

-Mi turno- dijo Clarena.

La mesera de nueva ocupó la tarima.

-Muchas gracias a Juan Manuel, y ahora les presentamos a nuestra segunda participante, Clarena con una canción de Miriam Hernandez.

Clarena tomó el micrófono con sus dos manos y empezó a ver la pantalla y la música empezó a sonar.

“Tonto, como no voy a quererte, como no voy a extrañarte, como no voy a adorarte, si estás en todas mis cosas y sólo contigo me siento feliz…”

Gustavo se sintió el hombre más feliz del mundo cuando su mujer empezó a señalarlo a él mientras cantaba aquella canción, no lo hacía nada mal tampoco y el sentimiento con el que cantaba era evidente.

“Te amo, te extraño, te sueño, te espero, no puedo vivir sin tus besos, mi vida no es vida sino estás en mi…”

Gustavo entonces empezó a ver que el semblante de Clarena cambiaba, seguía cantando la canción pero ahora parecía distraida y su semblante había caído. Vio a la mesa contigua, el sujeto que acababa de cantar tenía la misma expresión y discutía con su acompañante.

“Amor, amor, no quiero perderte, amor, como no voy a quererte… ”

Cuando Clarena terminó empezó a sangrar por la nariz y cayó al piso convulsionando.

-¡Ayúdenme!- gritó Gustavo.

Una de las parejas que estaba cerca a la tarima se apresuró a auxiliar a Clarena.

-Yo tengo el carro afuera, hay que llevarla ya al hospital.- dijo el hombre que llevaba una corbata roja y zapatos negros de charol, su acompañante, vestida de rojo también tomo las llaves y salió afuera, mientras Gustavo cargaba a su mujer.

No tardaron en llegar a un hospital, donde dado el estado de Clarena la atendieron de inmediato. La pareja que los ayudó espero afuera mientras Gustavo permanecía con Clarena.

-Mi amor, no me vayas a dejar, por favor – dijo entre lágrimas.

Clarena lo miró un momento, como si hubiese salido de su trance y lo hubiese reconocido, diciéndole la única palabra que pronunciaría en mucho tiempo.

-Tonto.

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Autor: Carlos Mario Castro

La noche era oscura y lluviosa, iluminada apenas por los relámpagos intermitentes que surcaban a esa hora el cielo inclemente de La Mojana. Sintiendo a cada instante el peso de la oscuridad, El Hombre corría desesperado, sin prestarle atención a la tormenta, salvo por la molestia que suponía avanzar con los zapatos ensopados en medio de la espesa hierba sin desmontar. “Sólo un poco más” pensó. Sólo necesitaba avanzar un poco más, sólo un poco y llegaría por fin a la orilla del caño, donde esperaba deshacerse para siempre de la vergüenza que cargaba en ese momento, arropada entre sus brazos por dos gruesas cobijas que él mismo se había encargado de doblar. El Hombre se detuvo un momento sin darse cuento de la grieta de espanto que se había abierto en el cielo por medio segundo y que cualquier hombre menos piadoso hubiese confundido como una señal de su infortunio. La criatura tenía los ojos cerrados, a pesar del aullido incesante de la lluvia y el rugido esporádico de los truenos. “Lo mejor sería que te murieras” pensó, pero la voz que escuchó en su cabeza era apenas un susurro, casi inaudible, incluso para él. Se aferró a ella con fuerza. Estaba tibia y despedía un olor suave y agradable que no encajaba con la vergüenza que debía representar su sola existencia. Por un momento quiso detenerse, dar la vuelta y cubrir a aquella personita indefensa con su protección de abuelo amoroso, pero al levantar la vista se dio cuenta que era muy tarde. Se encontraba de pie, en el borde del caño. Era hora de tomar una decisión. El Hombre sostuvo la criatura entre sus brazos, calculando el movimiento final que lo condenaría a una eternidad en las llamas del infierno y pensó en la ironía que suponía cometer un crimen monstruoso para que su esposa y sus hijas pudiera asistir a misa, todos los domingos con la frente en alto, sin que la turba ignorante y pretenciosa de aquel pueblo perdido en el centro del olvido, se abalanzara sobre ellas, dispuesta a destruirlas. Entonces miró al cielo, esperando que Dios, en su infinita misericordia, se apiadara de él y lo liberara de aquella tarea ingrata que él mismo se había impuesto, cegado por la ira y la soberbia. Pero en medio de aquella tormenta, sólo encontró el fulgor intenso de un relámpago monstruoso que surcó el cielo en aquel instante. Nunca vio venir el primer golpe. Sólo sintió un hormigueo eléctrico que recorría toda su cabeza y le nublaba la poca visión que hubiese podido tener a aquella hora de la noche. Luego vio el segundo, justo en frente de sus ojos, antes de que la tranca de madera maciza tocara con fuerza su sien izquierda. El hombre cayó de rodillas en medio del lodo y la hierba húmeda y montaraz. Sólo entonces se dio cuenta que ya no llevaba a la criatura en los brazos, porque escuchó como se alejaba el aullido agudo de su llanto, derrotando el rumor de la lluvia. Alcanzó a pedirle perdón a Dios y a suplicarle que no abandonara a su familia, a su esposa y a sus hijas, antes de sentir el tercer golpe que le fracturó el cráneo y lo obligó a arrojarse de bruces contra el barro

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