Entre Cuentos.

Historias de El Sabanero X.

La Maldición del Karaoke – Cuento.

5 comentarios

El cielo arreciaba con una lluvia intensa y fría que congelaba a Diego a pesar de su gruesa chamarra de cuero. Sentía un ardor insoportable en la cara, la pelea había sido intensa sin duda alguna, pero él había salido perdiendo.

Se arrepintió de haber ido a ese encuentro secreto en casa de Willy. Sabía que se estaba metiendo en algo peligroso, los amigos de Willy hablaban de asociarse con otros grupos de otras universidades que tenían contacto con individuos fichados hacía tiempos por la policía. Diego conocía el peligro pero su convicción de que luchaba por sus ideas y por otras personas que carecían de lo que a él le sobraba le daba el valor que necesitaba para continuar.

Pero aquella noche todo había salido al revés. Luego de salir del encuentro subrepticio tuvo que caminar unas diez cuadras hasta la autopista para conseguir un taxi, justo antes de llegar se desgajó el aguacero. No pudo conseguir un taxi. Todos pasaban llenos y si hubo alguno que pasara vació seguramente se asustó al ver su pinta de hippie trasnochado y además mojado hasta los huesos.

Intentó refugiarse en un lugar con techo, pero el viento arrastraba el agua en todas las direcciones. Su celular estaba completamente descargad, no podía hacer ninguna llamada. No podía regresar a casa de Willy, era tardísmo, ya casi las 3 de las mañana vio en su reloj que Tatiana, su hermana, le había regalado el día de su cumpleaños.

Trató de refugiarse en una de las calles aledañas a la autopista y encontró un espacio donde el agua no lo golpeaba. Se apoyó contra la pared rogándole al cielo que dejara de llover. Cerró los ojos un instante. Cuando volvió en sí, sintió que alguien lo esculcaba. Abrió los ojos y encima de él estaba el hombre más espantoso que había visto en su vida. Tenía el pelo enmarañado, sucio y macilento. Un saco de fique le servía de chamarra y emitía un aroma pestilente que producía en Diego unas intensas ganas de vomitar. El hombre ya había saqueado la billetera del muchacho e iba por su teléfono.

Diego, que de bobo decía no tener nada, se levantó de inmediato y trató de amedrentar al hombre con palabras soeces y vulgares.

-¿Qué es lo que le pasa, gran maricón? Devuélvame mis cosas o le parto la jeta aquí mismo, pirobo de mierda.

El hombre ni siquiera se molestó en responderle y emprendió la huida. Diego se abalanzó sobre él, sobreponiéndose al asco que le producía tocarlo y trato de someterlo; pero o el hombre era mucho más fuerte de lo que aparentaba o él se había debilitado mucho con la lluvia. Cuando trató de propinarle un puñetazo al hombre, este lo esquivo y lo pateó fuertemente en la entrepierna, forzándolo a arrodillarse. Diego luego sintió el embate de los golpes simultáneos y erráticos que le propinaba aquel sujeto pestilente.

Se había levantado a duras penas cuando dejó de escuchar los pasos del indigente dejándolo tirado en aquel callejón. Ahora no solamente estaba perdido a kilómetros de su casa, con frío y perplejo, ahora también se había quedado sin dinero, sin documentos y además de eso golpeado.

Caminó, no en dirección a la autopista, sino adentrándose en las oscuras y solitarias calles donde de día funcionaban bodegas y talleres clandestinos de carros y motocicletas. El frío y el dolor en la cara y en las articulaciones en las manos eran cada vez más intensos. Se había resignado a perder la esperanza de salir de allí cuando escuchó a lo lejos una tonada que le era familiar.

-Fito-dijo Diego.

Caminó en la dirección en la que escuchaba la música. Nadie cantaba, pero el sonido era inconfundible, era la canción favorita de su hermana y la había escuchado cientos de veces cuando él era niño aún.

La esperanza de encontrar a alguien en medio de aquel infierno húmedo y helado le dio fuerza para caminar. Allí en medio de la soledad de la noche estaba escrito en luces de neón “Noche de Karaoke”. Estaba abierto.

-No entres- escuchó Diego la voz de una mujer detrás de él.

El muchacho volteó buscando el origen de la voz, peor no había nadie en el sitio. Cuando se dispuso a entrar, se dio de frente con ella.

-¿Alguna vez te has imaginado estar perdido en medio de la noche, oscura, en un lugar que no conoces, completamente desamparado?-preguntó la mujer que ahora estaba frente a Diego. Era rubia y vestía bastante ligera de ropas para el frío asfixiante que hacía, pero curiosamente no estaba mojada.

-Si, de hecho me acaban de atacar, necesito ayuda.

-¿Cómo te sentirías tu que un asqueroso y maloliente hombre te tocara y te manoseara y te …? la mujer no pudo terminar llegando hasta el llanto.

Diego trató de auxiliarla, pero cuando quiso tocarla, algo sucedió. Ya no estaba en la calle. Estaba dentro del bar. Podía ver a la rubia por el vidrio de la puerta hablando sin voz.

La música se encendió de nuevo. Era la misma tonada. Miró en una enorme pantalla al fondo, la letra de la canción.

“El amor después …. del amor, tal vez… se parezca a este rayo de sol”

-Fito- dijo nuevamente Diego sin darse cuenta.

Volteó a mirar nuevamente a la calle. La rubia ya no estaba. Entonces reaccionó. Estaba bajo techo pero lo que más le interesaba era llegar a su casa y estar bajo el mismo techo que su papá y su hermana. Dio una mirada al lugar, estaba completamente vacío.

-!Buenas noches! – gritó Diego tratando de que lo escucharan.

Nadie respondió.

Se sentó en una de las mesas y observó el lugar con cierta curiosidad. Era como muchos otros bares en los que había estado. Las sillas y las mesas eran de madera pulida, las paredes dejaban ver el ladrillo hasta media altura, los adornos eran representaciones baratas de escenas folclóricas. Y del otro lado estaba la barra, también de madera con una envidiable colección de licores.

Diego se relajó, pensó que quizás los dueños habían salido un momento o que había surgido algún problema. Pero se alegró de no estar afuera bajo el clima inclemente. Se quito la chamarra. El agua escurría de su ropa y su cuerpo hasta el piso gota a gota.

La música cesó por breves momentos. La tonada se repitió. Era ya la tercera vez que Diego la escuchaba aquella noche. Se levantó de la silla mucho más tranquilo. Encima de una mesa más corta que las otras y sin ninguna silla alrededor estaba el micrófono.

Diego nunca había sido de aquellos que cantaran con un control remoto en la mano, tratando de emular a algún cantante famoso, sin embargo al sentir el micrófono en la mano se sintió niño de nuevo, se vio a sí mismo en el pasillo de su casa, la misma canción sonaba.

-“El amor, después… del amor tal vez, se parezca a este rayo de sol..Y ahora que busqué y ahora que encontré el perfume que lleva al dolor…”

Entonces lo recordó. Estaba en el pasillo y se dirigió al cuarto de su hermana. Cuando entreabrió la puerta estaba él, su padre, desnudo sobre el cuerpo de Tatiana, su hermana, la que lo cuidaba cuando enfermaba, ella lloraba, no quería estar ahí. Pero el la sostenía con la mano sobre la boca. Y Diego estaba allí sin poder hacer nada.

Soltó el micrófono y la música se detuvo.

La mañana siguiente la policía encontró a Diego en su casa, con la misma ropa con la que había ido a casa de Willy, inmóvil, sentado en el sillón en el que su padre veía televisión, aún sosteniendo el cuchillo. El cuerpo desmembrado de su padre yacía a sus pies. Los vecinos habían llamado a la policía al escuchar los gritos de horror en la madrugada, cuando Tatiana descubrió lo que su hermano había hecho.

Diego seguía inmóvil y aún seguía tarareando la misma canción que escuchó la noche anterior y que seguiría en su cabeza por el resto de su vida.

-El amor… después, del amor … tal vez, el amor… después, del amor…tal vez, el amor… después, del amor… tal vez.

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Autor: Carlos Mario Castro

La noche era oscura y lluviosa, iluminada apenas por los relámpagos intermitentes que surcaban a esa hora el cielo inclemente de La Mojana. Sintiendo a cada instante el peso de la oscuridad, El Hombre corría desesperado, sin prestarle atención a la tormenta, salvo por la molestia que suponía avanzar con los zapatos ensopados en medio de la espesa hierba sin desmontar. “Sólo un poco más” pensó. Sólo necesitaba avanzar un poco más, sólo un poco y llegaría por fin a la orilla del caño, donde esperaba deshacerse para siempre de la vergüenza que cargaba en ese momento, arropada entre sus brazos por dos gruesas cobijas que él mismo se había encargado de doblar. El Hombre se detuvo un momento sin darse cuento de la grieta de espanto que se había abierto en el cielo por medio segundo y que cualquier hombre menos piadoso hubiese confundido como una señal de su infortunio. La criatura tenía los ojos cerrados, a pesar del aullido incesante de la lluvia y el rugido esporádico de los truenos. “Lo mejor sería que te murieras” pensó, pero la voz que escuchó en su cabeza era apenas un susurro, casi inaudible, incluso para él. Se aferró a ella con fuerza. Estaba tibia y despedía un olor suave y agradable que no encajaba con la vergüenza que debía representar su sola existencia. Por un momento quiso detenerse, dar la vuelta y cubrir a aquella personita indefensa con su protección de abuelo amoroso, pero al levantar la vista se dio cuenta que era muy tarde. Se encontraba de pie, en el borde del caño. Era hora de tomar una decisión. El Hombre sostuvo la criatura entre sus brazos, calculando el movimiento final que lo condenaría a una eternidad en las llamas del infierno y pensó en la ironía que suponía cometer un crimen monstruoso para que su esposa y sus hijas pudiera asistir a misa, todos los domingos con la frente en alto, sin que la turba ignorante y pretenciosa de aquel pueblo perdido en el centro del olvido, se abalanzara sobre ellas, dispuesta a destruirlas. Entonces miró al cielo, esperando que Dios, en su infinita misericordia, se apiadara de él y lo liberara de aquella tarea ingrata que él mismo se había impuesto, cegado por la ira y la soberbia. Pero en medio de aquella tormenta, sólo encontró el fulgor intenso de un relámpago monstruoso que surcó el cielo en aquel instante. Nunca vio venir el primer golpe. Sólo sintió un hormigueo eléctrico que recorría toda su cabeza y le nublaba la poca visión que hubiese podido tener a aquella hora de la noche. Luego vio el segundo, justo en frente de sus ojos, antes de que la tranca de madera maciza tocara con fuerza su sien izquierda. El hombre cayó de rodillas en medio del lodo y la hierba húmeda y montaraz. Sólo entonces se dio cuenta que ya no llevaba a la criatura en los brazos, porque escuchó como se alejaba el aullido agudo de su llanto, derrotando el rumor de la lluvia. Alcanzó a pedirle perdón a Dios y a suplicarle que no abandonara a su familia, a su esposa y a sus hijas, antes de sentir el tercer golpe que le fracturó el cráneo y lo obligó a arrojarse de bruces contra el barro

5 pensamientos en “La Maldición del Karaoke – Cuento.

  1. Este es genero que me gusta leerte. Expectante e inquietante el prologo, me deja la misma sensación de querer seguir leyendo!!!

  2. Waooooo!!! me has dejado sin palabras… tiene un buen comienzo… la mona.. jeje falto un breve descripcion de la vestimenta jijijiji [pequeños detalles]… soy muy mala para la critica… pero repito, es un buen comienzo… quieres seguir leyendo =) espero saber muy pronto de esto 😉

  3. Gracias por sus comentarios, de verdad no tengo tanto tiempo disponible, pero les aseguro que se viene mucho más con esta historia.

  4. Me gusta leer en los tiempos libres y agradable encontrar estas historias… Adelante.

  5. Reblogged this on El Sabanero X and commented:

    #LaMaldicionDelKaraoke

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